Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Recíbeme en tu cielo

Una muestra de una pequeña historia que escribo, que se mueve por medio de cartas. He aquí la primera. Todo parte por una corta pero profunda historia de amor que vivió el protagonista, una que de verdad le caló, y el recuerdo de la misma amenaza con destruir su existencia, haciendo de su vida un infierno. Empecemos. 


Sinceramente, no sé qué tipo de maldición me persigue. Lo único que tengo claro es que me estoy enloqueciendo, y todo es por tu culpa.

La vida iba bien, la recibía de buen agrado. No tenía el mejor trabajo pero sentía tranquilidad. No había sido un Don Juan, pero había tenido un par de buenas relaciones sentimentales, con chicas que, si bien no eran modelos de revista, habían sabido hacerme pasar muy buenos ratos y enseñarme algunas cosas de esta vida.

Pero el agua del río tenía que seguir su cauce. Y llegaron malos tiempos.

Sigo sin explicarme en qué momento empezó toda esta caótica experiencia, pero, de algún modo, lo único que tengo claro es que debo escapar. Debo escapar de ti, antes de que pierda el leve atisbo de cordura que resta en mi cabeza.

¿Por qué tuviste que nacer en el mismo mundo que yo? Me lo vengo preguntando hace varios meses ya, desde que entendí que tu presencia y la mía no eran compatibles en el mismo espacio, de ninguna manera. ¿Y cómo pudo llegar esto a suceder? Si en los fugaces instantes que pasamos juntos, en aquel maravilloso e inolvidable tiempo, que se repite en mi cabeza sucesivamente en cada uno de mis sueños, tuvimos ambos la perfecta convicción de que, sencillamente, tenernos el uno a otro, tomarnos de la mano y mirar hacia el cielo, era ya la evidencia de que el paraíso sí existía, y que lo habíamos merecido en la vida terrenal.

Maldigo aquel día en el cual nuestros ojos chocaron sus miradas por primera vez. Vale, lo admito. Al principio no me sorprendió demasiado, era simplemente una nueva experiencia, una nueva persona con la que tal vez hacer negocios o, si era el caso, salir a tomar una copa de vino en días de excesivo cansancio. Nada especial. Nada cautivante.

Por eso me parece más increíble. Porque yo pensé que los amores de la vida llegaban así, a primera vista, y por eso vivía blindado contra todos esos ataques del azar. Al fin y al cabo, lo que yo quería ya para el resto de mi edad madura, era vivir en mi soledad, cansado ya de tanto drama que generaban las relaciones de cualquier tipo. Un desgaste para la vida de cualquiera que tenga un poco de consideración por sí mismo.

Yo te lo había dicho. El año siguiente partiría para Inglaterra nuevamente, a hacer mi vida en un lugar en el que no tuviera ningún recuerdo, ni dulce ni amargo. Vivir libre de ataduras hacia nada, hacia nadie. Y las tierras inglesas me habían parecido perfectas para desencadenar un pequeño aire de no-me-importa.

Y ya es ese año siguiente, 22 de julio, para ser más precisos, y no he sido capaz de comprar mi tiquete para largarme de aquí. Estoy estancado. Estoy maldito. Todo por la ridícula idea de volver a encontrarte en esta inmunda ciudad. Y aun así, no sabría qué pasaría si te volviera a ver; no sé si perdiera por completo la razón o si, súbitamente, recuperara toda la serenidad y el buen sentido que antes me caracterizaba.

Pero ya nada sería como antes. Te habías ido, y me habías marcado con fuego. Habías logrado derramar mi sangre. Ahora estaría atado a tu existencia, y eso no podía significar nada más que devastación.

‘Dejar el orgullo a un lado para no perderla’, me decían las últimas personas que conversaron conmigo al respecto. Ridículo, yo no tenía ningún tipo de orgullo, y bien lo sabes. ¡Lo único que yo había tenido era amor para ti! Después de no entender de qué manera me enredaste en tu existencia, lo único que podía hacer era seguir la danza de tu maravilla. De aquello que pensé que era imposible, y que encontré en la persona menos esperada, en la más diferente.

¡No sé! ¡No lo sé! ¡Dime qué hiciste! Dime por qué lo hiciste, por favor…

Por qué apareciste, me iluminaste, me arrastraste al cielo y me tiraste sin ningún dolor, sin ningún arrepentimiento… y te fuiste.

¿O será que también lo sientes? ¿Será que, además, también eres más fuerte que yo? No podría aceptarlo. Si yo vivo a las puertas del infierno, tendrás que estar cerca también, en algún lugar, sintiendo cómo el dulce olor del azufre te llena y te complace. Porque sabes que perteneces allí, y que, si me condenas, iremos juntos y nos volveremos a ver mientras ardamos en nuestras condenas.

Pero me es imposible despegarme de la otra cara de la moneda. Porque, ¡carajo! Para qué negarlo, si lo más puro y perfecto que sentí en la vida fue el roce cálido de tus dedos; si lo más alentador y delirante era la cercanía de tus labios; si lo más cercano al cielo siempre fue el calor de tu cuerpo, envolviéndome en abrazos que emanaban todo el amor de la tierra; si lo más embriagante de aquella adorable existencia era sentir cuando compartías conmigo la maravilla de tu cuerpo que, en sí, me ató a tu deliciosa mente y a tu ansiado corazón.

Eres un ángel. Un ángel del cielo. ¡Por favor, vuelve a mirarme antes de que pierda el mérito de la existencia! ¡Perdona con tus pestañas mis pecados y devuélveme a mi cielo, a mi existencia contigo, en esta vida, en otra, en este o en otro cuerpo, pero nunca exiliado del misterio que significas para este mundo…!

Pensé que lo había aceptado, que era fácil entenderlo. Las personas eran así: llegaban, tomaban lo que deseaban, y decidían partir en cualquier momento (siempre en el menos indicado). Y pensé ya estar seguro de que tú lo habías hecho igual. Lo había escrito sin pasión; lo había comentado a otras personas con toda la fría razón.

Entonces quedaste sepultada. Lamentablemente, tus restos residían en mi corazón. Por eso, en algún momento me recordaste y vino tu espíritu a atormentarme, a dominar cada una de mis noches y a no dejarme en paz en ninguno de mis sueños. Es una pesadilla constante.

Empecé a sentirme culpable, pues fui yo el idiota que decidió, para pasar un lapso nauseabundo, compartir un cigarrillo con una extraña que ocupaba con ojos vacíos la misma acera que yo, a algunos pasos de mi casa.

¿Por qué lo hice? ¿Por qué te hablé? No sé, sentí que era un pasatiempo, conocer gente, como ya te lo expliqué. No tuve ninguna intención romántica ni erótica contigo, y sólo emanabas frío. Eras un puñado de buenos modales y cero emociones.

Me encantaste. Debía vivir allí, debía conocer las ruinas que poblaban ese corazón.

En fin, creo que el resto serán incógnitas. No sé si algún día vuelvas y respondas a todos estos interrogantes para calmar un poco la tormenta en este mar profundo. No sé si te importara. No sé siquiera si me recuerdas. No sé si tal vez has sufrido un poco desde que me desterraste.

Lo único de lo que estoy seguro es de que también sobrevivo en ti, de alguna forma. Lo siento y lo veo, aunque no haya podido volver a encontrarte. Por eso no he podido partir, ni para Inglaterra, ni para el otro mundo. Tú no me lo permites. Esa es la esencia de mi desgracia.

Odio tu recuerdo.

Estoy enamorado de ti, enteramente. De tu vida, de tu cuerpo, de tu energía.

Lamento estarlo reconociendo en este momento.

Sólo quiero salir de esta incertidumbre. Déjame o amárrame, pero, por favor, vuelve. Quiero recuperar mi vida sin tu recuerdo, o quiero encadenarme por completo a tu ser, sin ningún tipo de miramiento.

Dependo de ti. Ardamos juntos en las llamas de nuestro infierno, y vamos a volar por encima de todos los cielos, triunfantes después de esta batalla apocalíptica. Pero, por favor, recíbeme en tu cielo.

Te espero aquí. Dame una señal.

Tengo vino rosado para compartir. Tengo un beso vehemente para regalarte. Tengo un corazón sangrante para entregarte.

Atentamente,
Aaron.


_______________________
Kátherin Sánchez
27/12/17






viernes, 31 de enero de 2014

Castigo Eterno - 2006

Hace unos días estuve ojeando mi producción literaria en general. No pensaba que hubiese escrito tanto, y me enorgullece, aunque me entristece haber perdido tantos textos y haber tirado tantos otros (y no explicaré las razones por las que decidí hacerlo en aquel tiempo). Simplemente, se me ocurrió la idea de hacerles unas mínimas correcciones de estilo a los textos más sobresalientes para compartirlos con ustedes, tarea que iré trabajando tanto aquí en La telaraña como en Lírica Bizarra, pues representan partes importantes de mi vida que, a su vez, pueden ser útiles para ustedes, o al menos medianamente interesantes.
El día de hoy compartiré mi primer texto. Es cosa bastante importante para un escritor recordar el primer escrito consumado, y esas extrañas alimañas que invadieron mi estómago cuando llegó ese primer y tan anhelado 'fin'. Bueno, para ubicarles en el tiempo y el espacio, para ese tiempo contaba yo con 16 años; adolescente inconforme y descubriendo apenas sus problemas con la depresión y con la misma sociedad, puesto que no deseaba absolutamente nada más que alejarme del asco y la tristeza que todos me producían. He aquí una dedicatoria a ellos, a lo que sentía yo por los demás. Anímense a darle un vistazo y luego continuaremos con la evolución... Muchas gracias (de mi pasado-yo y de mi yo-actual) y espero que les guste. Se titula 'Castigo Eterno'.

Es esta la primera vez que he deseado hablar sinceramente de mi existencia. Es la primera vez que siento una horrible compasión por aquellos seres humanos que se habitúan al yugo mundano y, como ratas, se alimentan de la basura que tienen a su alcance… se deleitan únicamente con la porquería que este les ofrece. Muchas personas evitan nombrar la muerte queriendo eliminarla de su realidad, sabiendo que, en el momento más indicado, ella será guiada por el patetismo que proyecta el hombre común y se saboreará de la ridiculez que se engendra dentro de sus almas. A medida que pasa el tiempo, hay más almas involucradas en aquel mortuorio festín; cada vez hay más almas reunidas en torno al castigo eterno.

Lo que yo piense, para ustedes poco o nada significará, pues ya no hablo desde una vida verdadera, hablo sabiendo que la podredumbre de mi alma me inundará hasta que encuentre alguna salida. Para mí, esto es un amargo recuerdo, un único recuerdo, es mi vida, es la única vida que tuve. Es un anhelo de vida y un sueño de muerte.

No me molestaré en relatarles mi vida —si se me permite llamarla así—, y si lo hiciese, no hallaría nada memorable en ella. Fue siempre igual, siempre llena de vicios, de lujos innecesarios, de alegrías decepcionantes, de rutinas ambiciosas… todo sin recompensa alguna. Todo lo que me fue otorgado para conseguir mi felicidad el día de mi concepción se echó a perder, me entregué únicamente al placer sin guardar pasión ni conciencia alguna, aún así, pretendiendo tener poder absoluto sobre todas las cosas. Sí, así fue, sobre todas las cosas sin excepción alguna. Nunca guardé cuidado en agregar algún carácter a mis palabras, pues todas iban dirigidas a la consecución de sucios intereses. Había declarado una guerra a la vida y a la muerte, pero sin involucrarlas en mi grotesca megalomanía.

Gustoso les mencionaría mi muerte, pero esta no se ha compadecido de mí aún, y tal vez nunca lo haga. Ya sabido este hecho, me dispongo a relatar el momento en el que mi existencia tuvo por fin un valor. Descubrí un sentido que no quise encontrar, pero era necesario comprenderlo.

Recuerdo haber experimentado un extraño presentimiento, como si alguien me estuviese observando, como si detallara cada uno de mis movimientos; como si, sin esfuerzo alguno, aquel ser se introdujera en mi mente y descubriera el vacío y la indiferencia que reinaban en mis entrañas.

“Los presentimientos son cosa de locos. Una persona como yo sólo se guía por lo que es importante”, decía yo constantemente, considerándome sabio por mi supuesta experiencia y aquella forma de vivir la vida. Mi observador lo sabía perfectamente, y siempre se había burlado de mi falta de sentido común. Ahora yo deseaba mostrarle a aquella invención imaginaria que él era sólo una falsa entelequia de mi conciencia. Me dispuse a dormir, presumiendo que el agotamiento atraía todas aquellas ideas a mi mente, y no podía permitirlo. Como signo de falso convencimiento, y para defender la hipocresía que me había distinguido, me reía nuevamente de la muerte creyendo ser impune a ella. Me incorporé, y mi cuerpo no volvió a ver el mundo jamás.

Un extraño sueño envolvió mi cabeza. En éste se presentaba mi pasado con dolor y desprecio, abrumándome y comprobando lo que sentían las verdaderas almas al toparse con un inepto de mi calaña y, por primera vez, sentí un hondo arrepentimiento. Me enteré de que la vida podía tener fundamento alguno. Entre más recordaba, más incómodo me sentía, y la desdicha me invadía acechando cada rincón, marcándolo con la suciedad recogida a lo largo de mi vida. Era yo el ser más mísero que haya existido, el mundo desperdició mi alma sabiendo que ésta era obra de la mano de Dios, pero finalmente, el mundo no tuvo la culpa, ésta me la atribuyo a mí mismo porque yo era el único que podía decidir por mí… viví como me lo propuse, el mundo hizo su tarea. El cielo y el infierno me han abandonado, y lo merezco.                                                                                                                                                                                          Extrañas figuras se proyectaban indefinidamente de acuerdo a las impresiones que impactaron mi mente. No me fue posible diferenciar la imaginación de la realidad. Nunca nadie sabrá quién fue el artífice de aquel inexplicable delirio; tampoco si fue causa de mis agonías o si realmente sucedió.

No guardo la esperanza de conocer aquello en algún momento, y no debería interesarme, pues, ¿para qué descubrir algo que ya no puedo remediar? Algo perteneciente a mi pasado… no me serviría de nada conocerlo. Admito que la curiosidad es la que me lleva a querer averiguarlo, quisiera ver la situación desde un ángulo diferente, pero estoy sumido en mi ser y de aquí no puedo escapar. Solo intentaré habituar los hechos a mi deplorable rutina, si es que saldré con suerte,  pidiendo que desaparezca de una vez por todas y rogando que aquí se quede. Si desapareciese definitivamente hallaría una calma entera, mis ataduras se destruirían automáticamente, aunque el temor se apodera de mi mente y mi alma se ve obligada a aceptar que el día en el que mi rutina llegue a su fin, mi vida estará forzada a esfumarse. De ahí ese ridículo miedo a la muerte, y por más patético que sea no podré liberarme de éste, prefería vivir eternamente a pensar en la idea de que la muerte tuviera que venir por mí algún día.

Un horrible alarido surgió de mi interior y fue disminuyendo a medida que los segundos envolvían mi ser y me condenaban a pasar por una eternidad en cada uno de ellos. Así para mi alma hayan representado tal sinfín, para el mundo constituyeron no más de un minuto, minuto que se convirtió en el más largo de mi vida, que anunciaba ya mi fin y me mostraba sin querer mi cobardía, que me llevó al pasado y me dio un leve recorrido por el futuro, si es que así puedo llamarlo. Y yo mantenía firme la ridícula idea de recuperar mi estado normal para encontrar una salida a aquel extraño infierno y continuar con la inútil existencia a la que estaba acostumbrado.

Mi desesperado grito se acabó luego de luchar contra el temor que me invadía. Ahora sólo era un sollozo que a cualquiera llenaría de angustia. Pero fui perdiendo la voz hasta caer en un profundo sueño, estuve paralizado completamente durante algún tiempo. Al despertar me llenó de esperanza el haber recuperado un poco de sensibilidad corporal, aunque lo que no me agradaba del todo era el sentir que un temblor incontrolable recorría mi persona, y poco tiempo después apreciaba un sudor frío acompañado de dolor, cada vez menos tolerable, aunque casi imperceptible. Sentí como la razón regresaba a mi persona y me decía que no había de qué preocuparse, que aquellos síntomas se debían a mi debilidad, y me consoló la idea de que cesarían cuando recuperara por completo la  normalidad de mis sentidos corporales.

Pude haber muerto allí, pero la idea de esperar la llegada de un espíritu tan oscuro al cual había temido desde tiempos inmemorables en mi existencia, no me complacía enteramente. Hallé fuerzas en el último rincón de mis entrañas para no dejarme vencer por el miedo, y empecé a recuperar un poco de movilidad en mis extremidades.

Iba desentumiendo mi corporeidad lentamente para no agotarme con los esfuerzos infructuosos que me obligaban a movilizarme, y aquel insoportable dolor se hacia cada vez más insistente. Me encontraba en una situación delicada: mi energía liberaba sus últimas reservas y la terrible idea de rendirme ante la muerte se me presentaba con mayor frecuencia.

Este dilema recorría los estrechos senderos de mi conciencia cuando un estruendo infernal me despertó instantáneamente. Fue tan profundo y tan aterrador que rescató a mi cuerpo de la quietud que de él se había apoderado. Finalmente, sin saber cómo, me hallaba de pie, y algunos rayos débiles proyectaban una luz espectral, llevando una esencia aún más aterradora. Era tan impactante que mis sentidos olvidaron de momento el dolor para dedicarse a indagar acerca del ambiente que me rodeaba. ¡Cuánto anhelo devolver el tiempo para no haber pronunciado las palabras que instituyeron mi despiadada condena!

Aquel extraordinario paisaje se moldeaba ante mis ojos como un infinito campo sin desniveles en su terreno, sin límites en toda su grandeza; iluminado por una resplandeciente neblina roja que dificultaba mi escasa respiración. Toda su vasta extensión estaba cubierta por extraños desechos putrefactos, algo realmente horroroso, además de varias siluetas que sobresalían por su oscuridad, pero no logré reconocer lo que en sí eran estas.

En ese instante, el dolor retornó a mi mente y mi reacción fue observarme para distinguir alguna alteración en mi corporeidad y, ¡oh! ¡Que terrible infortunio! ¡Sólo el destino conoce qué desalmado ser me predispuso a la agonía de esta forma! Mi cuerpo se encontraba completamente desollado. A lo que antes había calificado como un simple “sudor frío”, era, desgraciadamente, la sangre recorriéndome de extremo a extremo. El hecho de haber observado mi sombría realidad hizo que mi dolor fuera completamente inaguantable. Mis venas sobresalían cada vez más de la carne que me envolvía; el desgraciado verdugo que se deleitó en el acto de mi tortura dejó algunos hoyuelos mal formados en mi abdomen, unos más notables que otros, dando la impresión de que hubiera extraído alguno de mis órganos, y las partes que de mí había desechado el asesino, junto con los restos de mi antigua piel y la de un incontable número de seres, constituían ahora la basura que adornaba la superficie de aquel perfectísimo infierno.

Todas esas imágenes y sentimientos reunidos paralizaron mi atemorizado corazón, y, aún así, increíblemente, después de tan fatal sufrimiento, conservaba la firme idea de aguardar mi vida por encima de todas las cosas…

¡Ah! ¡Necio pensamiento! Ahora soy testigo de una infinidad de atrocidades al afirmar que el miedo es el asesino de la razón. La ineptitud me hizo presa de un eterno castigo, y ahora me encuentro sufriendo por nunca haber pensado en el verdadero sentido de mis palabras; por haberme resguardado en una supuesta superioridad y no haberme arriesgado a cuestionar los argumentos que acompañaron a mi vida desde la infancia; por la cobardía que me llevó a suplantar mi realidad por una absurda utopía.

No tuve la capacidad de retener aquellas decepcionantes ideas por la fuerza de su colisión con mi entendimiento, entonces recurrí a gritar proclamando frases sin sentido alguno, probablemente por la cantidad de pensamientos que me abrumaban, formando en mi mente una densa atmósfera de culpabilidad y arrepentimiento, que adquirirían un inmenso parecido con la locura. De la maldición de aquellas palabras con un clamor apenas entendible, recuerdo que pronuncié lo siguiente: ¡NO QUIERO MORIR!

Y ahí quedaron consignadas en la historia las palabras que enviaron mi alma directamente a la cruel eternidad en la que ahora perezco, o, peor aún, en la que permanezco en este limbo con esperanzas hacia el fin de mi existencia. En mi vida nunca pude comprobar que las palabras, al ser pronunciadas con tal voluntad, eran dueñas de tanta grandiosidad. Nunca me dispuse a explorarme, mucho menos a cuestionarme.

Estaba completamente aturdido, sentía cómo moría sin caer bajo la muerte, pero siendo dominado por ésta. Intenté avanzar pero mis pies no lo permitían. Mi cuerpo se precipitó, cayendo sobre una enorme daga que atravesó mi pecho. Mi sangre, negra y maldita, se derramaba haciendo que mis venas se aferraran al suelo, al mismísimo suelo del infierno, en el que seguiré deseando infructuosamente conseguir una salida, ya sea la vida o la muerte, alguna que me libere de esta brutal opresión.


Ahora puedo darme cuenta de que mi vida esculpe mi condena como una de sus obras maestras; mi fúnebre y patético paso por el mundo no me enseñó a existir verdaderamente, y en este momento la muerte se encarga de cumplir con esa labor, aunque nunca me lleve decididamente.


martes, 1 de mayo de 2012

Mi dulce melancolía...


Buena noche para todos. Como les nombré anteriormente, me es ahora un poco complicado escribir cosas sobre mí o sobre mi experiencia, tanto como lo hacía en mi blog anterior. Igualmente, reiteré mi propósito de volver a hacerlo, así fuera de una manera más sutil o con ciertos disfraces, como lo hago en el pequeño texto que tengo el placer de presentarles.

Su historia es sencilla. Un día, un par de semanas antes de ser hospitalizada la última vez (es decir, hace como un mes y medio), me desperté sumamente deprimida. Más que eso, estaba en un estado semi-catatónico; me era dificultoso moverme, hablar, hasta incluso pensar, y sólo sostenía una cara medianamente seria que denotaba una melancolía infinita: nunca me había visto tener una expresión tan fuerte en ese sentido; se transmitía fácilmente también en la atmósfera. Así que, llegué a la universidad, bastante torpe, como si estuviese soñando (a lo que le llaman un estado de disociación de la identidad, similar a tener múltiples personalidades, algo de lo que también me acusa el doctor), y sin pensarlo tomé mi cuaderno y un lápiz y esto salió con maravillosa naturalidad.

Sé que será difícil de comprender; incluso para mí lo es. La calidad literaria es rara, pero deben tener en cuenta que es un método epistolar. Esto va como una pequeña carta o narración para la mujer de la infinita melancolía, pero vemos cómo se le da un sentido casi místico a estos sentimientos de tristeza, que el narrador los transforma en algo básicamente placentero, sin olvidar el miedo que constituye entregarse sin miramientos a este tipo de sensaciones. 
Sin más, espero logren obtener algo de la energía del escrito, o al menos deleitarse con la simple literatura. 

¿Y, era posible que tu sonrisa melancólico-maniática me produjera tan terribles efectos? No lo sabía, pero ahora puedo asegurar que era real. Estaba acostumbrado a presenciar la sonrisa temerosa y, casi hasta sincera,  con la que tratabas de ocultar tus recurrentes accesos de tristeza (aunque no por esa razón aquel precioso sentimiento y esa bella sonrisa dejaren de ser para mí sagrados), pero, admito, en ese momento entendí y evidencié la hermosura libidinosa de ese rostro melancólico en toda su pureza, en aquella palidez rosa imperceptible, que era lo único que me permitía comprobar que seguías con vida.
Y lo digo así porque, sin necesidad de análisis o meditaciones desgastantes, he aprendido de tu genial filosofía que el ‘’estar vivo’’ no comprende ni el pulso del corazón ni el mediocre funcionamiento del cerebro, sino la medida en la cual pudiere un ser relacionarse directamente con la esencia de su espíritu. Y la tuya estaba perfectamente plasmada en el rostro con el cual me topé en aquel momento y que, ahora, no lograré borrar de mi memoria en ningún momento de la mismísima eternidad.
Digno de admirar en ti, oh, princesa, que tuvieres la valentía de entregarte a aquellos ánimos, de dejarte envolver por la grandeza de aquel alma invadida e inflamada por el ardor de este puro sentimiento, tan incomprendido y rechazado por la mayoría, incluso hasta por mí mismo, que suelo considerarme un ser con alguna carga de sensibilidad.


Y, resalto nuevamente, VALENTÍA, hermosa guerrera, pues en el mundo en que vivimos hoy en día no es ya posible entregarse a tan altos propósitos, pues indica hasta cierto punto desprenderse de las exigencias comunes. Así, vemos personas que, en su afán por ofrecerse a esta ‘’vida paralela’’, pierden y olvidan otros aspectos que, aunque de diferente importancia, son necesarios a quienes ostentamos una humana condición, y es aquí donde estos confunden sus dones y pierden sus preciosos encantos o, ¿qué esperar de un artista del alma quien no es capaz de rellenar ni sus mínimas necesidades? Una muerte lenta y prematura, igual o peor en vergüenza que la de los autómatas deliberados que quise nombrarte con anterioridad.
Es paradójico encontrar tal ánimo de vida en ti, oculto, rodeado de tanta muerte. Pero me atrevo a decir que, incluso si esta terrible realidad fuere solo una pesadilla, la vida y la emotividad perfecta que irradia tu existencia seguirá resaltando y brillando sobre todo nuestro jardín maravilloso. No puedo negar, a la vez, que siento algo de temor. No porque crea que vas a cambiar en algún momento o te contagiarás repentinamente de esa muerte: estoy tan seguro de tu pureza y la siento en tal grado que sé que esto no sería posible; además, tienes la virtud del alma, que, como sabes, está por encima de la del cuerpo, y esto no es susceptible, al menos en alguien como tú (si es que hay alguien que pueda ser como tú), de ser moldeado en ninguna forma; es como si estuvieres hecha  de un acero divino. Aunque tu cuerpo parezca débil, tu espíritu lo compensa, y es allí donde reside la fuerza que, te ruego, nunca olvides.
El miedo que me consume, el temor que me acongoja… ¡No quiero que vayas con ella! ¡No quiero que ella te lleve! Y admito que es por motivos en exceso egoístas, como cualquiera lo podría notar. Verte, placer solamente sensible, y sentirte, sentirte en el reflejo de tu inagotable energía, hasta  tal punto enceguecedora, puramente firme y deliciosa, delirantemente dispendiosa, deseable en todas y cada una de sus agraciadas formas.
Contigo he descubierto el placer en la maravilla del alma, siempre cuando esta se baña en genialidad. No quiero que te vayas y, cuando eso pase, deje yo de sentir lo que siento, aunque tú me asegures que puedo encontrarlo en mí mismo; deliro al sentirlo, alucino al observarlo, pues mi sencillo narcótico está en analizarlo. Y no quiero perderlo, ¡no quiero que te vayas! Sé que cada día surgirán nuevas maravillas dentro de ti, que eres digna de lograr y disfrutar a pesar de los sufrimientos que todo ello pueda generarte. Así, como especie de consuelo encarnado, estaré yo siempre esperando observarte en la delicada plenitud de tu maravilla…


Simplemente, no permitas que te lleve, no te vayas aún, por favor. Te necesito, mi sensibilidad te necesita, mi corazón te necesita. Todo más allá de un límite romántico, pues no te deseo carnalmente ni he buscado durante nuestra historia hacerte mía, como lo has visto bien. Solo te quiero, mi sensibilidad te desea, te necesita para llenarse de valentía; te necesito para saberme vivo, para recordar que hay razones para vivir… para reconocer que hay algo tan hermoso que nunca podré llegar a comprender…

viernes, 6 de enero de 2012

Entre el cielo y la tierra

Mi año anterior, como se pudieron dar cuenta, fue una cosa pésima en materia de creación literaria. Tuve la mente absolutamente nublada, pero ya era hora de resurgir, para retomar mi mejor método anti-demonios y para compartir con ustedes mi arte y mi experiencia. Les traigo el primer cuento que escribo en este año. Empecé a hacerlo el 29 de diciembre pero me fue imposible terminarlo el año pasado. Tiene un orden lógico especial, pero no puede verse a simple vista. En fin, espero lo disfruten. Me harían un honor si lo leyesen. Recibo comentarios y sugerencias. Saludos y gracias por la espera!

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA


Existe algo de grande y de horrible en el suicidio. 
Hay muchos cuyas caídas carecen de peligro, porque,
como las de los niños, son desde muy bajo para
lastimarse; pero, cuando un hombre se estrella,
debe venir de muy alto, haberse elevado hasta los
cielos, haber vislumbrado algún paraíso inaccesible.

Honoré de Balzac. La piel de zapa.

Despierto de aquel extraño y sublime sueño, volviendo al otro lado de mi mundo pero aun sumergido en ese cosmos en el que, con facilidad, puedo volar y cantar con mis ángeles, recorriendo las praderas de mi adoración y clamando alegremente con la voz de la tristeza, persiguiendo la liberación como el voraz león acecha a su presa; convirtiendo la sangre en arroyuelos que brotan por borbotones al oír el son alegre y tranquilo de la infinidad… en mis campos elíseos, en mi morada eterna, bajo mi sol favorito, entre las ruinas olvidadas de mi desesperación.
Pero batía un poco mi cabeza y pensaba. Estaba gastando mucho tiempo en estupideces, ya me lo habían repetido muchísimas veces, y sobre todo últimamente, desde mis padres, mi novia, pasando por mis amigos y paradójicamente, hasta un par de desconocidos (especie de videntes, tal vez, que sin saber de mí podían juzgarme ligeramente y acertar en el punto), y, aunque no me convencía firmemente de ello, mis 32 años me hacían creer que era cierto, total y absolutamente cierto. Era hora de… poner los pies sobre la tierra. No consideraba que estuviera viviendo en una nube, de ninguna manera, pero, evidentemente mi vida y mi forma de pensar no se desarrollaban como la de los demás, cosa que en efecto me enorgullecía pero en cierta manera conllevaba para mí cierto sentimiento de preocupación y hasta de lástima hacia mí mismo al ver, por ejemplo, cuando me deprimía y decidía aislarme porque, realmente, nadie entendía, nadie podía entender. No querían, no podían. Y eso no me importaba, yo sólo hubiera esperado que me dejaran vivir, al fin y al cabo no le estaba haciendo daño a nadie…
Así, al hacerse onírica la noche y llegar un enorme trancón de estrellas, abrí finalmente mis ojos. El  claroscuro día, purpúreo al caer los primeros rayos solares, descendía sobre la ciudad. Era una combinación hermosa, siempre lo había pensado, y trataba de plasmarlo en mis poesías, para que alguien lo viera como yo. Gustaba mucho de los colores, a pesar de que casi siempre vestía de negro, no por alguna obsesión o por evitar manchar mi traje, sino simplemente para no luchar con combinaciones, siendo que odiaba perder el tiempo en banalidades de ese tipo. En fin, gustaba mucho degustar con mis pupilas de los colores, los matices de la naturaleza, las luces… sí, las luces me fascinaban, desde una simple luz artificial, como el trivial semáforo, que me obligaba a observarlo antes de cruzar la acera para venir a casa, o hasta las luces del firmamento que, intermitentemente y entre afables visos, amenazaban con ahogarlo. Tal vez mis ojos estaban llenos de luces, y por eso devoraba apasionadamente el colorido de toda la existencia.
Adoraba especialmente el color de la piel. El color, junto con el olor de su piel, eran objeto de mi devoción. Ana dormitaba en un dulce y cálido sueño cuando, temerosamente, a pesar de los años que habíamos pasado juntos, me di la vuelta para acariciar su cintura, antes cubierta por una delicada sábana de algodón, casi tan suave como su piel. Me acerqué leve, casi imperceptible para percibir su olor, para mí afrodisiaco. Sus hombros, deliciosos y finos como el alabastro, armonizaban tan bien con su cuello que solo me podían evocar una musa de aquellas sobre las cuales tanto había leído. Ahora, en mi realidad, yo tenía una musa. Una musa que todos los días y en cada uno de sus breves y largos instantes se prestaba a alimentar mi imaginación, a saciarme con un aroma inolvidable y deleitarme con una blancura sepulcral; atractiva en la sencillez de sus formas e invocada loablemente por todos mis ánimos, desde los más humanos hasta los más celestes. La combinación de sus perfumes, tan exquisitamente suaves y extravagantes, me transportaba a la vez que con mis labios rozaba su cintura, ya sintiendo la gravedad de su respiración, cada vez más agitada, pero con una gracia ineludible. Naranjas y fresas, chocolates y caramelos recordaba mi imaginación con el olor de sus pequeños senos, que me extasiaba aun más al percibir el frío olor de sus pezones, duros, adornándola en toda su humilde belleza. Podría pasar el resto de mi vida allí, postrado frente a ella, besándola, llenándome de su presencia solamente con su esencia, con ese bello perfume que me llamaba solamente a quererla, a adorarla como la única diosa de mi existencia.
Con cada reflexión mía, con cada movimiento, con cada pensamiento (porque estoy seguro de que esta mujer podía captarlos a la perfección), se abandonaba perfectamente a mis caricias, en la misma medida en que el olor de su sexo me embriagaba y me elevaba. Y aquella unión de fragancias en un solo cuerpo era tan mortal para mí que sólo podía introducirme en ella y, así, pensar que realmente me pertenecía… como si tuviera yo tanta suerte, como si mi fortuna fuera tanta para poseer a una mujer tan grandiosa como las mismas estrellas, lejanas, brillantes y lejanas, perdidas en los inmensos cielos, en la telaraña del mismísimo universo.
Delirante, adicto, transportado, narcotizado. Era una masa de sentimientos y de sensaciones vivas, palpitantes, desde que la veía desnuda junto a mí, pasando por la exhalación que me indicaba que mi cuerpo ya había sido, en cierta manera, saciado; llegando finalmente a un lapso de una o dos horas en que seguía endeble, perdido en ese mundo provocado por mi imaginación, unida a nuestros sentimientos y sensaciones, junto al amor que le prodigaba ciegamente a esta mujer, y que ella, al menos, en alguna época, había llegado a sentir por mí.
Saliendo de aquel embrujo, volví en un momento a mi habitual corporalidad, habiéndose inaugurado ya por completo una nueva mañana. Pasé por la tosca alfombra del pasillo, sintiendo en mis pies un cosquilleo singular, poco agradable para mi cuerpo sensible y agotado por el éxtasis en el que aún navegaba; crucé la antesala sintiendo una suavidad bastante rústica, algo enfermiza, hasta llegar al frío suelo de mármol de la cocina. ¡Qué sensacional paseo, literalmente hablando, había tenido desde mi habitación hasta aquí! Vaya, pocas veces en la vida se dedica el ser humano a sentir, buenas o malas sensaciones, duras, pesadas, embriagantes, dolorosas, hermosas, tristes, increíbles, tormentosas… todo pasa, la maravilla se aleja, y luego, al llegar casi el fin de la  vida, escuchamos cómo los viejos dicen que desearon haber vivido más; todo pasa, la maravilla se aleja, y al final sólo quisiéramos haber tenido otra oportunidad.
Abrí la llave, me serví un enorme vaso de agua que pretendió helar mi mano. Pasó un ligero escalofrío por mi cuerpo al beber el primer sorbo, pues sentí cómo descendió por cada uno de mis órganos hasta llegar al estómago. Me detuve, dejo el vaso sobre el mesón y apreté mis manos, las junté, las observé, las sentí. No lograba descifrar si en la batalla entre mis manos ganaría el calor o el frío, pero apreciar aquellas temperaturas tratando de mantenerse una sobre la otra era absolutamente asombroso. Continué bebiendo de mi vaso, primero rápido, luego despacio. Estuve totalmente saciado con el sabor del agua, combinado aun con las dulces esencias que habían dejado su rastro en mi boca, producto del sabor escondido e indemne de mi adorada Ana.
Pasadas unas horas, poco antes del mediodía, no lograba concentrarme en mis labores rutinarias. Me era definitivamente imposible. Mi mente estaba llena solamente de vivos recuerdos de lo que había venido sintiendo los últimos días. De pensar solamente en cualquier sensación, podía ya revivirla en toda su plenitud: el sabor de la sal, la cual gustaba de saborear incluso sin compañía de las comidas, por el sencillo placer de que mi sistema nervioso se activara con aquel sabor enérgico; el sol sobre mi piel al salir a la playa, junto con la arena bajo mis pies y el agua del mar en un mismo conjunto, alucinando mis sentidos y, a la vez, sentir el paso de cada segundo, observando cómo se ponía la tarde y llegaba nuevamente la noche a recibirme, junto con la hermosa serenata que las olas del mar, ahora tranquilas, brindaban melodiosamente a mis oídos, donde se  introducían para permanecer vívidas con todo su esplendor, pintando agradablemente en mi memoria.
Aunque yo cada día estaba más complacido y embelesado con aquella gracia que me brindaban mis sentidos, Ana ya no quería acercarse a mí. No quería que la tocara, incluso no quería que le hablara; ya no quería tener un bebé, ya no quería que yo fuera su esposo, pues ella dijo que no se casaría con un demente. Mis padres hablaban constantemente con ella y ahora nos visitaban incluso varias veces a la semana, y con gran cariño y amabilidad trataban de hablarme y aconsejarme, me pedían que retomara mis actividades, que cambiara de trabajo; que fuera con el médico, que tomara mis antiguas píldoras para dormir…
Y yo no tenía espacio para dormir, sólo quería vivir y sentía que el sueño me coartaba y trataba de impedir la cómoda relación que ahora tenía con mi sensibilidad, y no podía yo permitir que se me quitara lo más preciado que tenía en la vida, pues, ¿qué tal si un día durmiera y al despertar ya no pudiera retornar a mis sentimientos y sensaciones anteriores?
Y yo no tenía espacio para pensar, sólo para sentir…
Así que tomé aquel abrigo lleno de polvo, perfecto para la ocasión, aquel que me había negado a tocar hacía ya varios años, sintiendo su blanda textura, como si hubiera vuelto a la vida luego de aquellas reflexiones y sentimientos solamente recordados. Observé a Ana, de pie cerca del umbral, oscurecida su figura por la blancura cegadora del mediodía, haciendo ambas un contraste delicioso. Tomé su cintura, pasando suavemente mi mano por su curva, a lo cual ni se inmutó. Besé su mejilla con inocente pasión, recargándome con su perfume otoñal, casi angelical, y siguió sin decir palabra ni hacer amague del más mínimo movimiento.
Partí. Tomé una senda estrecha que llevaba hacia el río, pretendiendo alejarme del ruido, de las palabras, de la podredumbre. Quería ir al fondo del bosque y encontrarme con el rio para escuchar sus canciones, y luego ver a los pajarillos en un desfile de colores y sonidos alucinantes frente a mis ojos y así, deslumbrado, regresar a casa para poder pintar los sentidos en mi lienzo; poder satisfacer de alguna manera mis ganas de mostrar al mundo, o al menos a mi mundo, un prototipo menos abstracto y más comprensible de aquella felicidad de la cual yo era partícipe, solamente por abrirme a una perfecta armonía con la naturaleza, solamente por ser su fiel admirador.
Caminé extendidamente, hasta pasadas aproximadamente 3 horas. También me gustaba sentir el cansancio, darme cuenta de cómo iba apoderándose de mi cuerpo lenta y casi imperceptiblemente, todo gracias a la simple y preciosa dedicación a los múltiples deleites que me ofrecía aquel espacio, lejos de todo y que se expandía ante mí como único reino inigualable, digno de príncipes celestiales pero, desgraciadamente y en su mayoría, habitado por sucios autómatas, ciegos y despreciables. Ya empezaba a escuchar en la lejanía el sonido del rio, así que decidí descansar, escalando primero una enorme roca para poder retener una mejor vista del paisaje, aunque un poco nubado por las ramas de los árboles. Me entretuve viendo un pajarillo de plumas violáceas, con algunas trazas blancas en su pechera. Chillaba y brincaba buscando a su madre, probablemente, pues sus saltitos tímidos denotaban que apenas estaba conociendo el mundo, y no conocía aún que sus alas, aquel par de instrumentos maravillosos, dentro de poco, serían sus aliados para llevarle a conocer el mundo, a ver toda la grandeza que guardaba dentro de su misma pequeñez. Y me sentí nuevamente miserable por no poder enseñarle aquello a Ana, ni a nadie. Me sentí impotente, al darme cuenta de que hoy en día los pájaros no abren sus alas, y prefieren quedarse en la seguridad de la superficie para evitar tal vez una caída, para evitar el sol cerniéndose sobre su plumaje, para escapar de los predadores… para evitar la grandiosidad de la vida. Se guardan en un oscuro rincón de algún pantano sin nombre, quedándose pobres, perdiéndolo todo a cambio de la quietud, la sequedad y la falsa certidumbre de una fosa sin esperanza. Yo sólo quiero que vengan conmigo. Sólo quiero que vean con mis ojos, que sientan con mi corazón, que vivan con mi vida…
Siempre admiré la esencia de las lágrimas. Su fuente sacra, su sabor salino, su color inmaculado, y la especial manera en que resbalan cálida y graciosamente por las mejillas al descender, buscando algún escondite. Ahora una lágrima rodaba por mi rostro y nuevamente mi sonrisa se esbozaba, con una felicidad de otro mundo. Busqué con mi mano izquierda en el bolsillo del negro abrigo aterciopelado, sacando un rojo pañuelo, frío y algodonoso. Tomé una honda bocanada de aire, levanté mis ojos por última vez al claro cielo y, halando del gatillo, me introduje salvajemente y sin ser invitado en los aposentos de la muerte, esperando ahora el momento en que me llame a sentir su inclemente veredicto.
F I N
Enero 6, 2012.
Nastenka.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Especialmente para ti.

En este momento quisiera darle una cachetada. ¡Sí! Excelente idea, aunque creo que me levantaré de aquí y me lanzaré sobre él para darle una golpiza, pero, ¿para qué dejarlo peor de lo que está? Tal vez al mirarse al espejo él dice no estar mal, y pasa incluso más tiempo que su hermana peinándose y haciendo compras. ¡Oh, por Dios! ¿Y a eso se le llama “masculinidad”? ¡Con razón que los hombres descienden más y más en mi estima! Ah… pero aún sigue hablando, tratando de decir cosas para impresionarme, jajaja, pobre pendejo.

Dejaré que hable un poco más y si dice algo que me haga enojar simplemente no lo toleraré y romperé esta botella en su cabeza, y luego haré unos hermosos dibujitos en su cara con los vidrios que queden… así se vería divino! Con su carita ensangrentada, y perplejo, mirándome con unos ojos grandes que estarían a punto de dilatarse (pues no tengo tanta fuerza como para hacer que se desmaye con el golpe), y divirtiéndome en buen grado porque, por fortuna, no hay vigilantes en el lugar y los meseros están de tertulia en la cocina. Si, muy buena oportunidad, pero dejaré que hable un poco más para reírme de sus llamados argumentos, y luego le daré los míos en el momento en que logre coser su boca con un hilo bañando en su propia sangre, después de todo, eso me parece mucho más excitante que la propuesta que acaba de hacerme con tan poca creatividad. Me pregunto, ¿no tendrá ni un poco de miedo ante la idea de estar conmigo? Yo no he aceptado la propuesta, es más, me daría asco permitir que este idiota me penetrara de nuevo… pobrecillo, además de maricón es muy iluso, ¿qué clase de educación habrá tenido? Hmmm… bueno, creo que el televisor no resultó siendo un buen maestro. Desgraciado de él, que el consumismo lo tenga en su pútrida gloria.

Qué persona más ingenua, que chiquillo más engañado. ¿Cómo va a creerse el cuento de que estuve de vacaciones? ¿Será que fui a buscar un descanso en el polo norte? Es ridículo… estoy más pálida que antes y ahora me dice que mi bronceado se ve espectacular. Eso ya es demasiado para mí, no puedo resistirlo, así tenga que pasar otra temporada de vacaciones antes del tiempo previsto. No, no quiero que me vea más con esa mirada, ¡odio sus malditos ojos! Quisiera sacarlos de ahí inmediatamente y ponerlos en su sopa, y luego obligarlo a que los tragara… si! ¡Hace tiempo no me divertía tanto! No pensé que imaginar el dolor de otra persona fuera tan emocionante, ahora lamento verdaderamente haberme hecho daño a mí misma. Aunque no es momento para arrepentimientos, no puedo dañar mi felicidad de esa manera tan poco estimulante.

Aún hay otra cosa que detesto de él: su lengua. Aunque era buen besador, siempre pensé que su lengua estaba de más: se metía en lo que no le importaba. Tampoco me gustan sus manos, ni su nariz, ni… pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Desperdiciaré toda la noche si sigo nombrando todo lo que detesto de él! Ok, lo resumiré: odio su cerebro. Eso es todo, tanto hablé para llegar a esa simple y colorida conclusión. No sería difícil romper su cabeza para substraerlo, pues sus pensamientos siempre fueron demasiado blandos. Unos cuantos golpes contra la pared para diversión mía y luego, con ayuda de un cuchillo será fácil destrozar ese cráneo. Por último, ¡tal vez pueda incluir un trozo de ese órgano y ponerlo dentro de mi hamburguesa! ¡Pero no la comeré, nunca! ¡No quiero morir de cáncer intestinal! Tal vez un idiota seguidor de las modas la encuentre atractiva y decida probarla…

Ya estoy cansada. Este muñeco ya me divirtió mucho por hoy, y creo que ahora los gusanos también quisieran divertirse un poco con él. No soy egoísta, dejaré que lo hagan, pues a mí no me queda tiempo ya…

Image and video hosting by TinyPic



Fragmento del artículo aparecido el 5 de octubre de 1993 en el Times de Los Angeles:

(…) se había presentado un horrible asesinato a manos de una joven de aproximadamente 22 años, a quien no se ha logrado identificar aún. Sólo en un hospital siquiátrico de las afueras de Oakland se dio razón de ella, pues había sido abandonada allí siete meses atrás, y fue dada de alta a principios del mes de septiembre por su supuesta mejoría. En la escena del crimen se encontró a la joven desmayada, junto al cadáver de un hombre de 26 años identificado como Arthur Lynn, en un estado bastante lamentable: su cuerpo ensangrentado de pies a cabeza, cubierto de incisiones con algunos caracteres imposibles de descifrar; un ojo fuera de su cuenca; el cráneo abierto y el cerebro desparramado junto a unas rebanadas de pan. Los demás detalles no serán revelados hasta que no se tenga certeza sobre la manera en que fueron los hechos fueron llevados a cabo…

domingo, 13 de junio de 2010

La muerta - Guy de Maupassant

Una pequeña muestra de cómo puede un ser humano entregar su corazón,y de cómo puede ser vilmente engañado (Tema para la próxima entrada).


¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!

Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Image and video hosting by TinyPic



Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

«Amó, fue amada y murió.»

Ahora leí:

«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

Image and video hosting by TinyPic


viernes, 19 de marzo de 2010

Dos Angeles

Mientras pasa la crisis, les dejo algo de material relativamente nuevo y poco conocido.


If you would tell me that I was someone,
then, for a second, I would think.
Just like I would try to consider
how it feels to know...
(I am nothing - Katatonia)
Sabiendo que las cosas en mi vida no marcharían de otra manera, me sobrecogía una angustia… más extraña que de costumbre: pesada, de esas que amenazan con aumentar la fuerza de la gravedad y no dejarme levantar del suelo; esa que les daba a mis ojos una capa grisácea haciendo que el mundo sólo se llenara de una monotonía irreversible haciendo mis visiones más opacas cada vez, además de oprimir mi pecho con técnicas macabras que resultan aún más inefables pero bien conocidas para quien, a menudo, dormita con la pintoresca Nostalgia.

Desde chico supe quien era ella. Una sombra que, aunque variaba en tamaño y color, era inconfundible por su olor; por la manera en que miraba y se comportaba con quien la acompañaba, ya que dicho personaje no tenía voz, o tal vez olvidó cómo hablar porque casi ninguno, en toda su existencia, había querido escucharle. Por tal razón ha sido gran amiga de la Soledad –quien siempre necesita de un “compañero” para lograr sus efectos–, con quien, en las tardes matutinas y desgraciadas, forman una triste algarabía, y en medio de aquel pequeño espectáculo, la Depresión despierta para formar parte del juego, haciendo que el tiempo sea lento, duro y despiadado, llenando su nuevo hogar con lamentos desesperados, marchitando las esperanzas y dejando, por cada esquina que pasa, áridos y vacíos los campos antes fértiles, y en ese mismo paseo, amargos y agudos gritos empiezan a escucharse y… la Muerte busca entonces un espacio en la mesa para tomar el té.

En aquellos tiempos de mi niñez, siempre le veía a ella junto a mi madre, envuelta en una tímida sombra que apenas develaba sus preciosos colores. La última vez le vi azulada, tímida, mirando a mi madre con una expresión más de compasión que de necesidad, como solía hacerlo cuando se presentaba amarilla, o con tonalidades rojizas, como las del ocaso celeste en aquellas tristes pero memorables épocas. Creo que nunca podré olvidar ese rostro, tan difuso y tan concreto a la vez, tan hermoso y tan macabro, y, aunque siempre haya tratado de pintarlo, de expresarlo, de guardarlo en mi corazón, o al menos en mi ya trastornada cabeza, no me ha sido viable hacerlo, o cada vez se nota más como una simple historia de ficción, como salida de lo más recóndito de mi imaginación. Decía, pues, que con su rostro pálido azul observaba a mi madre, tratando tal vez de convencerla de algo pero, preocupada, sentada junto a ella, o paseando cerca de su rostro, tratando de tocarle, de decirle que esta vez era importante que le prestara atención. Pero fue imposible, y entre cada vez que llevaba la botella a su boca, la nostalgia se tornaba más azul, hasta que varias lágrimas empezaron a brotar de sus pequeños ojos. La Soledad trató de consolarle, pero su llanto eran tan solemne que ambas lloraron a la vez, compartiendo su tristeza y viendo cómo, por más que hubiesen querido ser escuchadas y traspasar ese manto de corporeidad, la vida de aquella mujer se desvanecería en algún instante no muy lejano. Y así fue. Tal torrente lacrimoso llamó de nuevo a la Muerte, quien no había tenido la oportunidad de compartir una velada con sus compañeras desde hacía mucho tiempo en esa ciudad. Y vino más alegre que de costumbre, muy vistosa y atractiva, tanto así que con cada paso el viento le perseguía para jugar con sus negruzcos ropajes. Ya no hubo nada más que hacer, y en una fúnebre ceremonia la Muerte envolvió con su manto delicado a mi madre en un acto que nunca olvidaré. Tomó sus manos y ambas, junto a la Nostalgia, traspasaron el umbral, mientras yo, perdido en aquella escena, era custodiado por la Soledad, que no se separó de mí hasta que la Nostalgia presenciara su próxima pérdida, pues, ellas serían ahora mis ángeles custodios.

Luego recuerdo un sonido fuerte y seco, ya que no pude vislumbrar lo sucedido en aquel momento. En aquel instante no logré captar lo sucedido –contaba mi línea vital con aproximadamente tres años, escasamente–, pero lo recuerdo perfectamente, con cada mínimo detalle. Cuando crecí, siendo ya casi un jovencito, mi abuela, no sin cierto recelo y algunas reservas, me comentó que mi madre se había suicidado siendo yo un pequeño; que la habían encontrado a la mañana siguiente fuera de su casa, con un revólver al lado de su cuerpo inerte, sobre un pequeño charco de sangre que no había alcanzado a ser absorbido por la tierra, y un agujero había destrozado toda la parte inferior de su cráneo. Pero a eso se reduce la historia conocida: nadie vio y nadie verá los acontecimientos de los que fui yo testigo en aquel entonces.

Viví así acompañado por aquellas señoritas llamadas Nostalgia y Soledad, de las cuales perdía visión y gran parte de mis recuerdos a medida que crecía. Sus rostros se presentaban ahora más confusos, y sus colores se hacían transparentes y sus olores imperceptibles: era mi edad tan distinta, mis ocupaciones nuevas y lo suficientemente sofocantes como para que fuese yo ahora quien me cegara a sus palabras, a sus caricias, a sus abatidos e ilusionados cantos. A veces, cuando me sentaba a batir algunas notas en la guitarra, trataba de imitar sus sonidos, de recordarlas, y sentía sus pasos al entrar en mi habitación y sentarse junto a mí para escuchar algunas nuevas melodías, ya que no tuve una madre a quien dedicarlas, ni un eterno amor a quien componerlas.

Ahora tienen más tiempo para estar conmigo, pues, como vivo en un piso solitario, pagando con el escaso dinero que recibo como ayudante de mecánica –aunque siempre mi vida ha estado consagrada al poco arte que conozco y a la infinita alabanza de mis musas protectoras– , pasan conmigo noches enteras, velando mi sueño intranquilo y dejando que sus lágrimas resbalen sobre mis mejillas, aunque ya no tengo la habilidad para verlas porque, si así fuera, las consolaría por lo que resta de mi vida, que realmente no creo que sea gran cosa, a juzgar por los recuerdos que me trae ello del día en que la mortuoria dama danzó con mi madre para llevarla suave y alegremente a su apacible mansión. Algunas veces me acompañan al trabajo, o van conmigo a tomar el café en la tarde, mientras cito en mi libreta algunas palabras para ellas, diciéndoles que yo sí las escucho, que yo sí las siento, que yo no las haré sufrir cuando me una al baile macabro en el palacio de la amada Muerte.

Y allí, sentado, viéndolas tal vez en medio de alucinaciones, las observo cálidas, frente a mí, al otro lado de la mesa, ambas con las mejillas acarameladas, ocultando una pequeña sonrisa mortal en su poética seriedad, mientras me derrito al son de una guitarra desafinada y una botella con dulce y amargo líquido se desliza de mi mano, y duermo entonces para volver a despertar…


Image and video hosting by TinyPic

viernes, 26 de febrero de 2010

Sé feliz, amada...

Y si la memoria pretende
pasar por el sol
cruzar la corriente
no permitas de mí se olvide
y aunque así lo fuere, reina mía
amaré tu amor
soñaré tu sonrisa
hasta el último día de mi vida...
Image and video hosting by TinyPic


Perdona mi impertinencia, y seguramente mi imprudencia, si mis letras han llegado de nuevo a tu vida en momento inoportuno, pero, tranqula, no es cuestión de alarma, esto sólo ha sido causa de un impulso (ya sabes que siempre padecí por la misma razón), y como tal, pasajero.

Oh... no creas que no me ha costado trabajo retomar la pluma para escribirte pero, siendo sincero, la había abandonado desde que te fuiste, pues, al parecer, tú eras el motor que le daba la vida. Ahora me tiembla el pulso al hacerlo, y al pensar en tu reacción, tus gestos, tus pensamientos, al sber que nuevamente me recuerdas; al tener noticia mía después de tanto tiempo, despues de que el cauce de tu abandono me ha llevado lejos hasta de mí mismo. Pero, en realidad no sé si desees saber de mí, por lo cualt rato de escribirte de la manera más suave que me es posible, evitando la dulzura que mi corazón siempre quiere expresarte. Entonces me limitaré a darte muestra de mi buen estado (aunque, ya imaginarás, no perfecto en salud) y dulceintención al entrar con mis letras en tus ojos, de nuevo, aquellos ojos...

Aquellos cristales enmantelados,
cubiertos de sonrisas y recuerdos
tristezas, angustias y alegrías
hermosos episodios bajo una luna baldía...

Quería solamente, vida mía, saber en qué estado te encuentras, cómo y con cuanta alegría has recibido tu nueva vida en brazos de un buen hombre que, al parecer, te ama y desea sólo verte sonreir; quería saber si también lloras en su hombro, y si él logra mantener la pureza de esos cristales sagrados al derramarse sobre sí; quería saber si también alimentas y renuevsa su existencia con tus caricias; si también envuelves su mundo con tu gentil abrazo e iluminas sus más oscuras noches con la claridad infinita que sólo tus ojos pueden brindar...

Así como conmigo lo hacías
Así como en aquellos tiempos
En que por ti daba yo la vida
Pero terminaste dándome el veneno...

Pues, amada, te digo, si quieres regalarle en vida un poco de felicidad, no olvides brindarle toda aquella existencia dedicada al amor, a las flores, al brillo, a la melodía...! No olvides regalarle todo aquel precioso amor y con él empaparle pies y cabeza, pero asegúrate de amarle como a nadie, de nunca privarle de todas aquellas maravillas que sólo brotan de tu fuente, de ese noble y abnegado corazón...

Esa es, hermosa mía, mi única recomendación, reafirmando así los buenos deseos que de mi interior nacen para la reciente y feliz pareja. Y te lo digo, querida, así nunca quieras volver a verme, ya que al hombre que comparta contigo su vida, su lecho, su alegría, sólo le pertenece eterna felicidad por haber logrado conquistarte.

Ahora, amada, como a mí tú no le dejes,
como a mi no le abandones;
como a mí no le detruyas;
no llenes su morada con tu precioso amor y dulces caricias, si realmente no deseas hacerlo eternamente;
no le abandones, por favor, no le desprecies;
no deje en ruina lo que ahora haz construido en su corazón;
cuidale, toca la campana de la felicidad frecuentemente:
porque
luego de vert a ti, amor,
luego de sentirte a ti
luego de amarte, entregarse, y adorarte a ti...

Si desapareces, todas quellas caricias, sonrisas y recuerdos, quedarán sin sepultura, y estará él condenado a no ver la luz ya nunca más, porque tu sol habrá escapado a sus miradas, habrá abandoonado sus montañas...

Y ahora, como quien ha perdido sus ojos, me consuelo yo al recordarte, al imaginarte... y me siento bienaventurado porque, gracias a ti conocí el amor;
porque me dejaste amarte,
porque abriste mis ojos a la felicidad;
porque diste alivio a un corazón que, antes de amarte, no era más que miseria y decepción...

Gracias por esos hermosos años de alegría. Sé que, además de refugiarse en dos memoraias, perdurarán en dos corazones.

Sé feliz, amor mío! Goza de la alegría y al maravilla que Dios ha regado en el mundo para almas tan nobles como la tuya. Es lo que mereces, lo que sólo tú puedes merecer.



Adiós.

Posdata:
Entrégate a al felicidad, vuela con los ángeles, y perdona lo poco que pude darte, aunque fue todo el amor que un mortal puede cargar en su corazón.