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miércoles, 27 de diciembre de 2017

Recíbeme en tu cielo

Una muestra de una pequeña historia que escribo, que se mueve por medio de cartas. He aquí la primera. Todo parte por una corta pero profunda historia de amor que vivió el protagonista, una que de verdad le caló, y el recuerdo de la misma amenaza con destruir su existencia, haciendo de su vida un infierno. Empecemos. 


Sinceramente, no sé qué tipo de maldición me persigue. Lo único que tengo claro es que me estoy enloqueciendo, y todo es por tu culpa.

La vida iba bien, la recibía de buen agrado. No tenía el mejor trabajo pero sentía tranquilidad. No había sido un Don Juan, pero había tenido un par de buenas relaciones sentimentales, con chicas que, si bien no eran modelos de revista, habían sabido hacerme pasar muy buenos ratos y enseñarme algunas cosas de esta vida.

Pero el agua del río tenía que seguir su cauce. Y llegaron malos tiempos.

Sigo sin explicarme en qué momento empezó toda esta caótica experiencia, pero, de algún modo, lo único que tengo claro es que debo escapar. Debo escapar de ti, antes de que pierda el leve atisbo de cordura que resta en mi cabeza.

¿Por qué tuviste que nacer en el mismo mundo que yo? Me lo vengo preguntando hace varios meses ya, desde que entendí que tu presencia y la mía no eran compatibles en el mismo espacio, de ninguna manera. ¿Y cómo pudo llegar esto a suceder? Si en los fugaces instantes que pasamos juntos, en aquel maravilloso e inolvidable tiempo, que se repite en mi cabeza sucesivamente en cada uno de mis sueños, tuvimos ambos la perfecta convicción de que, sencillamente, tenernos el uno a otro, tomarnos de la mano y mirar hacia el cielo, era ya la evidencia de que el paraíso sí existía, y que lo habíamos merecido en la vida terrenal.

Maldigo aquel día en el cual nuestros ojos chocaron sus miradas por primera vez. Vale, lo admito. Al principio no me sorprendió demasiado, era simplemente una nueva experiencia, una nueva persona con la que tal vez hacer negocios o, si era el caso, salir a tomar una copa de vino en días de excesivo cansancio. Nada especial. Nada cautivante.

Por eso me parece más increíble. Porque yo pensé que los amores de la vida llegaban así, a primera vista, y por eso vivía blindado contra todos esos ataques del azar. Al fin y al cabo, lo que yo quería ya para el resto de mi edad madura, era vivir en mi soledad, cansado ya de tanto drama que generaban las relaciones de cualquier tipo. Un desgaste para la vida de cualquiera que tenga un poco de consideración por sí mismo.

Yo te lo había dicho. El año siguiente partiría para Inglaterra nuevamente, a hacer mi vida en un lugar en el que no tuviera ningún recuerdo, ni dulce ni amargo. Vivir libre de ataduras hacia nada, hacia nadie. Y las tierras inglesas me habían parecido perfectas para desencadenar un pequeño aire de no-me-importa.

Y ya es ese año siguiente, 22 de julio, para ser más precisos, y no he sido capaz de comprar mi tiquete para largarme de aquí. Estoy estancado. Estoy maldito. Todo por la ridícula idea de volver a encontrarte en esta inmunda ciudad. Y aun así, no sabría qué pasaría si te volviera a ver; no sé si perdiera por completo la razón o si, súbitamente, recuperara toda la serenidad y el buen sentido que antes me caracterizaba.

Pero ya nada sería como antes. Te habías ido, y me habías marcado con fuego. Habías logrado derramar mi sangre. Ahora estaría atado a tu existencia, y eso no podía significar nada más que devastación.

‘Dejar el orgullo a un lado para no perderla’, me decían las últimas personas que conversaron conmigo al respecto. Ridículo, yo no tenía ningún tipo de orgullo, y bien lo sabes. ¡Lo único que yo había tenido era amor para ti! Después de no entender de qué manera me enredaste en tu existencia, lo único que podía hacer era seguir la danza de tu maravilla. De aquello que pensé que era imposible, y que encontré en la persona menos esperada, en la más diferente.

¡No sé! ¡No lo sé! ¡Dime qué hiciste! Dime por qué lo hiciste, por favor…

Por qué apareciste, me iluminaste, me arrastraste al cielo y me tiraste sin ningún dolor, sin ningún arrepentimiento… y te fuiste.

¿O será que también lo sientes? ¿Será que, además, también eres más fuerte que yo? No podría aceptarlo. Si yo vivo a las puertas del infierno, tendrás que estar cerca también, en algún lugar, sintiendo cómo el dulce olor del azufre te llena y te complace. Porque sabes que perteneces allí, y que, si me condenas, iremos juntos y nos volveremos a ver mientras ardamos en nuestras condenas.

Pero me es imposible despegarme de la otra cara de la moneda. Porque, ¡carajo! Para qué negarlo, si lo más puro y perfecto que sentí en la vida fue el roce cálido de tus dedos; si lo más alentador y delirante era la cercanía de tus labios; si lo más cercano al cielo siempre fue el calor de tu cuerpo, envolviéndome en abrazos que emanaban todo el amor de la tierra; si lo más embriagante de aquella adorable existencia era sentir cuando compartías conmigo la maravilla de tu cuerpo que, en sí, me ató a tu deliciosa mente y a tu ansiado corazón.

Eres un ángel. Un ángel del cielo. ¡Por favor, vuelve a mirarme antes de que pierda el mérito de la existencia! ¡Perdona con tus pestañas mis pecados y devuélveme a mi cielo, a mi existencia contigo, en esta vida, en otra, en este o en otro cuerpo, pero nunca exiliado del misterio que significas para este mundo…!

Pensé que lo había aceptado, que era fácil entenderlo. Las personas eran así: llegaban, tomaban lo que deseaban, y decidían partir en cualquier momento (siempre en el menos indicado). Y pensé ya estar seguro de que tú lo habías hecho igual. Lo había escrito sin pasión; lo había comentado a otras personas con toda la fría razón.

Entonces quedaste sepultada. Lamentablemente, tus restos residían en mi corazón. Por eso, en algún momento me recordaste y vino tu espíritu a atormentarme, a dominar cada una de mis noches y a no dejarme en paz en ninguno de mis sueños. Es una pesadilla constante.

Empecé a sentirme culpable, pues fui yo el idiota que decidió, para pasar un lapso nauseabundo, compartir un cigarrillo con una extraña que ocupaba con ojos vacíos la misma acera que yo, a algunos pasos de mi casa.

¿Por qué lo hice? ¿Por qué te hablé? No sé, sentí que era un pasatiempo, conocer gente, como ya te lo expliqué. No tuve ninguna intención romántica ni erótica contigo, y sólo emanabas frío. Eras un puñado de buenos modales y cero emociones.

Me encantaste. Debía vivir allí, debía conocer las ruinas que poblaban ese corazón.

En fin, creo que el resto serán incógnitas. No sé si algún día vuelvas y respondas a todos estos interrogantes para calmar un poco la tormenta en este mar profundo. No sé si te importara. No sé siquiera si me recuerdas. No sé si tal vez has sufrido un poco desde que me desterraste.

Lo único de lo que estoy seguro es de que también sobrevivo en ti, de alguna forma. Lo siento y lo veo, aunque no haya podido volver a encontrarte. Por eso no he podido partir, ni para Inglaterra, ni para el otro mundo. Tú no me lo permites. Esa es la esencia de mi desgracia.

Odio tu recuerdo.

Estoy enamorado de ti, enteramente. De tu vida, de tu cuerpo, de tu energía.

Lamento estarlo reconociendo en este momento.

Sólo quiero salir de esta incertidumbre. Déjame o amárrame, pero, por favor, vuelve. Quiero recuperar mi vida sin tu recuerdo, o quiero encadenarme por completo a tu ser, sin ningún tipo de miramiento.

Dependo de ti. Ardamos juntos en las llamas de nuestro infierno, y vamos a volar por encima de todos los cielos, triunfantes después de esta batalla apocalíptica. Pero, por favor, recíbeme en tu cielo.

Te espero aquí. Dame una señal.

Tengo vino rosado para compartir. Tengo un beso vehemente para regalarte. Tengo un corazón sangrante para entregarte.

Atentamente,
Aaron.


_______________________
Kátherin Sánchez
27/12/17






miércoles, 2 de noviembre de 2016

Los animalitos como terapia

He aquí un pequeño escrito que me encontré. Trata acerca de cómo una mascota puede ayudarte a mejorar tu estado de ánimo.

Así, aprovecho la ocasión para comentarles que amo a mis mascotas! Mi Lulú, perrita de ocho años, criollita parecida a un schnauzer, negrita, con la barba blanca y los ojos café, aunque le brillan con luz azul oscura en ocasiones. Y Romeow, un gatito blanco, de cola anillada color caramelo y unos juguetones ojos azules. Antes tenía también dos hámsters, Rocko y Mackie, ambos con pintas tipo vaquita en su cuerpo, de color caramelo también, quienes tuvieron seis preciosos hijitos, lo más lindo que en mi vida haya visto. Los extraño mucho aún, pues, a pesar de su minúsculo tamaño, ocuparon un enorme lugar en mi corazón.








Todos ellos han sido unos hermosos amores de mi vida. Yo también padezco problemas con mi estado de ánimo y mis depresiones son bastante duras, y precisamente por eso han llegado a mí varios de mis animalitos. En todo el rollo de cuidados, cariños y demás, termina uno enamorándose de esos pequeños, particulares y ejemplares seres, que en su sencillez y sus extrañas maneras de ser, no hacen más que adornar nuestra vida con su existencia.


Estoy feliz de que existan animalitos. Los amo a todos! 


Dice así el escrito:


Cuando su depresión estaba en su peor momento, mi pareja, Joe, despertaba en la mañana envuelto en una niebla tan palpable que su presencia a veces hacía que me despertara, como si hubiera olido algo que se estaba quemando.

Durante los primeros años de nuestra relación, a menudo deseé que despertara con un alegre “¡Buenos días!” y un beso, en vez de levantarse de la cama e ir tambaleándose como zombi hacia donde está el café.

Terminé por entender que quedarme acostada en la cama mientras tenía fantasías acerca de un Joe sin depresión era una idea terrible. Hacía que estuviera de mal humor, y entonces los dos teníamos un mal día.

Así que de la manera más alegre posible, me ponía una bata y botas de hule, y salía para recoger los delicados huevos azules de las gallinas mapuches de nuestro compañero de hogar.

Conforme me acercaba, el piso del gallinero se animaba con un remolino crujiente de paja y pelo mientras un montón de ratas regresaban a su nido detrás del bote de abono. El lugar estaba infestado de ratas y desear que se fueran era igual de inútil que el anhelo de que Joe dejara de estar deprimido.

“Necesitamos un gato”, le decía casi todas las mañanas mientras ponía los huevos en una canasta sobre el mostrador de la cocina. Era muy insistente y explicaba que, aun si no se convertía en cazador de ratas, tener un gato en la casa detendría las infestaciones.

Joe no estaba seguro de tener un gato. Siempre se mostraba escéptico de las ideas aparentemente impulsivas… se tardaba en aceptar cosas nuevas; era lento para los cambios.

“¿Has pensado en por qué quieres un gato?”, me preguntó una tarde.

“¿A qué te refieres con por qué?”. Eso me ofendía. Parecía sugerir que, más allá de las ratas, podría tener razones dañinas para querer un gato. “¿Por qué las personas quieren un gato? Es un gato”.

“Solo me parece que requerirá mucha energía de nuestra parte”, dijo.

Joe y yo estábamos cerca de cumplir tres años de relación, el punto en el que muchas parejas que han estado en una relación larga terminan, según lo había demostrado un estudio (“La comezón del séptimo año ahora es la cosquilla de los tres años”, señalaba un artículo).

Su depresión llegaba en ciclos frecuentes y a menudo se quedaba días. Si traía a casa durante esos días un bote de helado de chocolate con menta (el favorito de Joe), él no se daba cuenta o ni siquiera se lo comía.

No, él no quería ir al cine o a bailar ni tener sexo. Cualquier propuesta, incluso con mi cuerpo, desaparecía en un agujero negro, lo cual me hacía parecer inútil y patética. Aprendí que la mejor manera de amar a Joe durante esos momentos era dejarlo en paz.

“La depresión no se puede curar”, me dijo Joe una vez. “Tan solo puedes aprender a vivir con ella”.

Aprendí a vivir con ella; comencé a comprar mi propio sabor preferido de helado en vez del suyo. Cuando finalmente atravesé Portland en auto y llegué a la Oregon Humane Society un día de agosto, lo hice en secreto, de manera rebelde y por mis propias razones ilógicas.

Había sido una semana especialmente difícil. Mi estrategia cuidadosamente planeada para amar a un hombre deprimido era ayudarme en vez de intentar ayudarlo. “Y hoy”, pensé mientras me acomodaba en el estacionamiento de la Humane Society, “vengo por un gatito”.

Cuando Joe llegó a casa esa noche, el gatito —que tan solo era una bolita de pelaje rayado— salió de debajo de la cama. Respiré profundo, lista para defender mi decisión.

Pero después vi sus ojos verdes y traviesos que miraban los suyos, tristes y hermosos; parecía que había fuegos artificiales y unicornios que saltaban junto a la aurora boreal que aparecía entre los dos. El gatito intentó correr, echarse y saltar al mismo tiempo, pero se tropezó con sus patas, y creo que en ese momento los ojos de Joe se pusieron blancos y en lugar de pupilas aparecieron en ellos dos corazones rosas y brillantes.

Cuando despertó a la mañana siguiente, las primeras palabras que pronunció Joe fueron: “¿Dónde está el gatito?”. Y el primer acto del gatito, cuando escuchó su voz, fue escalar por el edredón y saltarle a la cara.

Ese mismo verano, Joe reunió la energía para hacer grandes cambios en su vida: dejó de fumar y probó con Wellbutrin, como se lo había sugerido su terapeuta, un antidepresivo que también se prescribe comúnmente como ayuda para dejar de fumar.

Resultó que Sadie era una maravillosa cazadora de ratas. Cuando creció lo suficiente para cazar, acabó con todos los roedores en los rincones del vecindario, y nos traía algún animal chillante y de ojos brillantes casi cada noche.

Rápidamente se volvió claro que Sadie le traía presas vivas a Joe. Sin importar la hora, él salía de la cama para recibirla, encendía las luces y le hacía elogios.

Ella soltaba a su presa para jugar con ella, y nosotros veíamos cómo el ratón o la rata salían disparados tras un mueble o debajo de la cama. Después Joe sacaba unas viejas pinzas para ensalada, y él y Sadie se ponían a cazar juntos.

Yo me quedaba en la cama, viendo felizmente cómo mi amante delgado, somnoliento y desnudo se escabullía para arrinconar a un roedor bajo la luz difusa de las tres de la mañana. Lo veía tropezar, reír y murmurarle cosas a Sadie, quien le respondía maullando y lo seguía acariciándole los tobillos con el hocico.

A lo largo de los últimos cuatro años, la frase matutina “¿Dónde está el gatito?” se convirtió en “Buenos días, Peanut”, junto con un beso en mi mejilla. A veces incluso me abraza antes de ir por el café.

Joe aún tiene malos días, pero incluso en los peores, cuando la nube gris parece posarse sobre él y yo me preparo para quedarme en mi rincón de la casa, Sadie se pasea por el cuarto, abriéndose paso como jabón a través de la grasa, como luz a través de la neblina.

“Ah, ¡Sadie! Ven aquí, bolita de pelos”, grita Joe. “¿Qué estás haciendo? ¿Cómo te fue en la escuela? ¿Los abusivos te molestaron?”. Después se ríe de su propio chiste y la carga como bebé, para después voltearla y enseñármela.

“Mira a Sadie”, dice, levantándole el pelo entre las orejas para que se levante como un gato mohicano. “¿Estás ronroneando, cara de pez? ¿Estás ronroneando?”. Se la pone en la oreja como una caja musical. “Está ronroneando”, me dice radiante.

Cuando le pregunto a Joe si Sadie curó su depresión, pone cara de preocupación.

“Claro que no”, dice. “Recuerda que la depresión no se puede curar”.

“Lo sé”, le digo. “Solo puedes aprender a vivir con ella”.

Como cuando salen a cazar ratas en la madrugada, el bienestar de Joe es un esfuerzo conjunto. Aunque Sadie ayuda, Joe es quien finalmente atrapa la cola de la rata con las pinzas y la lleva, colgando de ellas, a la puerta. Pero Sadie a veces ayuda tanto que es difícil distinguir dónde terminan nuestras decisiones y dónde comienza su existencia.

A la primera señal de desánimo por parte de Joe, voy por Sadie y se la pongo en el cuerpo, como un ungüento. Incluso durante las peores peleas, uno de nosotros termina por tomar a Sadie y acercarse al otro casualmente, jugando con ella para que se contonee y haga tiernos bizcos con sus ojos verdes.

Cuando estamos demasiado enojados como para tener contacto físico, acariciamos a Sadie, y terminamos en medio de la habitación, como dos países en guerra que se aferran al puente que nos une a través del mar que nos separa, y enviamos en silencio a los primeros embajadores de la tregua: los dedos que se encuentran entre el pelo de Sadie.

Una tarde del otoño pasado, Sadie trajo un gorrión muerto. Hay un regusto de tragedia cuando se ve un ave atrapada por un gato; lo que solía ser impredecible y volaba con el viento se reduce a un montón de seda que está sobre el piso de la cocina, como un sacrificio.

Una vez que Sadie estuvo segura de que Joe y yo habíamos visto su ofrenda, se lo comió todo: las garras, el pico, los huesos y hasta la última pluma. Le tomó menos de un minuto. Para cuando nos acostumbramos a la idea de verla comer un ave, ya se la había comido y se había ido de la habitación, dejando unas gotas de sangre sobre el azulejo.

Sadie es nuestra felicidad, elusiva e impura. Nuestra felicidad hace muecas y se lame la sangre de la barbilla. Nuestra felicidad solo se acurruca cuando se le antoja y, dado que es un felino, esas ocasiones pueden ser pocas y distantes.

Pero por lo menos vive en nuestra casa ahora. El sol de la mañana sobre el cabello negro de Joe, los tres enredados en las sábanas, navegando por la cama como un bote desvencijado; si los últimos días son indicación de algo, este será otro muy buen día.

Hannah Louise Poston, autora de este escrito, es estudiante de Maestría en poesía en el Helen Zell Writers’ Program en la Universidad de Michigan.

Fuente: http://www.nytimes.com/es/2016/09/25/gracias-a-un-gato-aprendi-a-vivir-con-la-depresion-de-mi-pareja/

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Un lapso nauseabundo

Me ha atrapado de nuevo, he vuelto a sumergirme en su extraño universo, más allá del ridículo, de la afectación, de la sutileza. Hasta he recuperado aquella ligera fiebre que me agitaba siempre en su presencia y aquel gusto amargo en el fondo de la boca (La Náusea - J.P. Sartre)


Un pequeño lapso de existencia me invade. Uno de esos que no dan tregua y son tan reales que no puedo percatarme de su realidad misma, aunque parezca paradójico. No puedo saber a qué se debe que existan estos momentos en los que deseo tan fervorosamente salir de aquí, como si no tuviere ninguna esperanza de mejorar las situaciones existentes.

Me siento débil y torpe, siento como si lo que he aprendido hasta hoy en día no sirviere para nada más sino para agotarme, para cansarme de todo lo que he visto. Trato de seguir adelante por mis propios medios y de darme una oportunidad, de darle una oportunidad a la vida, pero es muy complejo, y concienzudamente no puedo hacerlo, por más que quiera.

Me siento muy, muy cansada, deseo solamente dormir y que pase todo por un lado mientras yo me concentro en un sueño que no existe, para olvidarme de que no recuerdo lo que se siente existir. ¿Por qué a veces es tan difícil? Sinceramente, no por impresionarme ni por darme créditos, pero hao todo lo que puedo y lo que se me ocurre para levantarme pero mi cuerpo no lo desea, y mi cabeza no ayuda más allá. La leve voluntad que me mueve no es suficiente para soportar el peso que llevo encima, el peso de una desdicha que no soy capaz de soportar, y que en ocasiones desaparece y me deja tan libre como nunca… tan verdadera y tan libre que apenas puedo creerlo, y sonreír para seguir imaginando que algún día las cosas serán mejores.

Bien, pues ser capaz de escribir al menos es un buen paso, es un autoreconocimiento para salir de este camino lleno de niebla.

Lamento no poder escribir más, por el momento no tengo fuerza. Pero seguiré intentándolo. Voy a salir a flote nuevamente, es una promesa.


viernes, 15 de mayo de 2015

Me desaguo

Siento que me pesa el corazón. Y no me pesa en ese hermoso sentido de estar lleno de amor o sentirse a punto de explotar de alegría.

Me pesa el corazón como si estuviera lleno de hierro, y no es el hierro que yo esperaba como aquel que me blindara el alma de fortaleza y de valentía.

Es un peso tan grande, tan inestimable, que siento que si lo sacara y lo dejara sobre el suelo, fácilmente podría abrir un hueco en la tierra. No de dos o tres metros. Quién sabe si llegaría hasta el otro lado del universo o si prefiriera quedarse en algún círculo del infierno.

Me pregunto si aún bombeará sangre al resto de mi cuerpo. Es posible que no, ya que mi cuerpo permanece frío, a veces soportablemente, y en otras ocasiones en una frialdad casi sepulcral. Puedo pasar 4, 5 horas en mi cama, cubierta con varias cobijas y… el calor no llega. No quiere llegar.

(No referencia a autor de la imagen)


Tal vez porque, en vez de sangre, hay agua. Hay agua helada, como la recién salida de un páramo, puesto que no hay nada que la condimente… que le dé un pequeño toque de vida, a pesar de que en sí el agua es vida.

Por eso, tal vez estoy viva como la muerte. Tal vez tengo una vida que pasa sin los encantos de la misma; que me ha alejado de todo aquello y me regala todos los días un enorme vacío en el pecho, un concierto de lágrimas neutras y una enorme ansia de silencio total. Siempre.

La cabeza existe. La mente, la racionalidad. Creo que de eso me queda un poco. Pero es dado saber que también el sentimiento produce una función cerebral. Y parece mi cerebro tampoco es inmune al agua, al agua helada.

Y hablar, y decir, y explicar. Todo es en vano, es un círculo vicioso. Porque toda persona que funciona diferente a quien tiene un cuerpo y un corazón común no puede ponerse en los ‘zapatos’ de otra para entenderla.

Y nuestro sufrimiento, nuestra razonabilidad, nuestra imaginación y creatividad… hasta nuestra propia experiencia, es un drama. Es un cuento que una vez conté y que nadie tiene la certeza de que existió. Y que las lágrimas que despejaron mis ojos fueron falsas, y que todo era una obra teatral.

No quiero hablar sobre el mundo. Hoy no tiene importancia dentro de mi ser. Pero, la intolerancia y la falta de ‘conmiseración’, de ‘paciencia’, de ‘tolerancia’ para con el otro, son otro de todos esos discursos que se inventan, a veces personas consideradas, a veces personas desconsideradas, que deben tener algún interés.

Personas que quieren, tal vez,  inspirar a otras, que llenan a otros de buenas intenciones, y ellos sólo se quedan en el ostentoso castillo que crean bajo un cielo gris, mientras nosotros morimos en la miseria de la realidad, de la realidad en soledad, porque nadie quiere que seamos parte de nada.

Mis dedos funcionan poco. Mi mente ya no desea hablar. Algún artificio extraño y odioso de la existencia me ha hecho un ser despreciable a ojos de los demás. Yo me encuentro agradable a mí misma, pero… duelo. Soy un horrible dolor, y siento cómo ese dolor duele y perfora. A mí también me duele.

Descansaré este pesado corazón de nuevo, fingiendo que el sueño es un buen aliado. Pero no puedo pedir mucho, si bien no quita el cansancio y aumenta las ojeras, paradójicamente, servirá para llevar el pensamiento a otro universo, durante unas buenas horas.

(No referencia a autor de la imagen)

Espero no seguir dejando mi rastro aguado por la casa. Espero no dejar empapada la cama. Prefiero secarme.

Odio derretirme, odio desaguarme…



Firmado como K.S., a 15/05/05.

sábado, 27 de diciembre de 2014

De los designios incomprendidos del amor

...que un día me acosté con tu recuerdo
y desde entonces me levanto en medio de un
charco de cenizas,
como si hubiera dormido sobre un fuego
carnívoro del tiempo.

Baluarte - Elvira Sastre


Saludo nuevamente, de forma libre. No sé si lamento o adoro la sentimentalidad que me da la época de fin de año. Sé que para muchos puede ser genial plantearse metas y objetivos pero para mí no es precisamente así. No soy solamente un ogro que todo lo ve de manera sucia y despreciable, sino que simplemente suelo criticar un poquito (más) casa cosa. Como decía respecto a la navidad, también eso aplica para las fiestas del 31 de diciembre. Un par de propósitos de salud, alegría y éxitos para todos, abrazos, besos y demás. Levantarse unos tres días con esa actitud de lucha y de ‘voy a conseguir lo que me propuse’, y darse cuenta de que en una semana todo volvió a ser igual. Y como que no nació el niño Jesús, y quedaste endeudado hasta la madre y ahora debes trabajar el doble para pagar, o abstenerte de diversión un par de meses para salir del rollo. Y lo mismo con el año nuevo: parece que las uvas que te comiste tal vez estaban en mediana descomposición porque los deseos empezaron ya a quedarse cortos.

¿Y qué puedo decir yo? ¡Basura! Porque todo pertenece a la pereza humana y al maldito idealismo de creer que las cosas se hacen realidad por una leve esperanza o una débil ilusión. Si sabemos que la vida no es así, ¿por qué adquirir ilusiones patéticas? Yo soy una fiel seguidora del sueño y la ilusión, y lo defiendo a capa y a espada, pero del REAL. No del ‘amor perfecto’ que sale de una película de Disney. Porque no es perfecto; porque vivir feliz para siempre es absurdo. Porque el amor perfecto es el amor que contiene todas las luchas, todas las tristezas, las desgracias; el vivir cada día aguantándose al otro (aunque suene mal) y gozando con cada uno de sus pequeños detalles. No necesariamente esperando un ramo de flores, ni una serenata. Una sonrisa todos los días es suficiente… es necesaria. Saber que la otra persona está allí, con sus errores, sus alegrías, sus tristezas, sus maravillas. ¿No es eso un amor perfecto? Saberse amado en su totalidad y saber amar en la misma. Es a ese sucio idealismo al que culpo de que tantas relaciones fracasen hoy en día, y hasta de tantos embarazos prematuros. Al primer: ‘te amo, eres la persona más hermosa que he conocido en mi vida’, o frasecitas baratas como esas, dictadas a dos o tres meses de relación, resulta que siempre sale alguien lastimado. Uno, dos, o más, pero salen lastimados. De 5,  de 13, de 17, de 20, de 50, pero salen lastimados. Comprometerse a amar a una persona no es comprometerse a hacerle el amor todas las noches y producirle un orgasmo para al otro día mirarlo con cara de asco, llenarle de insultos y resaltar todos sus hermosos defectos desde la primera hora del día hasta la noche, y si es posible también en la madrugada. ¿Para qué, para qué carajo te vas a comprometer a pasar el resto de tu vida con alguien, para qué le vas a jurar amor sólo a él/ella si no tienes la intención, o si no vas a ser capaz? Puede que haya personas que se recuperen en una semana de una ruptura amorosa, sea noviazgo, matrimonio o relación abierta de cualquier tipo. Pero ha vemos otros que hacemos parte del desgraciado grupo al que se le abre el corazón en mil pedazos y le sangra cada vez que llora, cada vez que le recuerda. Y dura años en curarse, muchos años. Y las cicatrices quedan, y aunque no se ven bonitas, constituyen un hermoso recuerdo cuando uno finalmente lo supera y dice con orgullo: ‘yo lo daba todo por él/ella, ahora entiendo lo que es el amor’.


Y, precisamente al venir por esta rama (porque me encantan las ramas, sobre todo las que tienen nidos, pajaritos, hojas grandes y pequeñas, y que a veces hasta amenazan con romperse y llevarme en un segundo al suelo), recuerdo que hace unos 8 años ya, siendo principiante con las letras, aunque lo suficientemente madura para hacer escritos contundentes, hice un texto para una gran amiga en aquellos tiempos, para ayudarle a superar una ruptura amorosa; me dolía mucho verle en ese estado, y no era lo suficientemente expresiva para ayudarle a superar su dolor (la gente siempre requiere abrazos, cariños, y cosas por el estilo que yo no tengo en cantidad). Así que le di ese pequeño regalo, que fue a su vez especial para otras personas que pasaban por la misma situación. Hoy en día estoy haciendo este pequeño escrito en memoria mía y de mi corazón roto, aplastado, destruido, asfixiado; pero a su vez altivo, orgulloso, y cada día más grande y más valiente, y a su vez, el de otras personas que han pasado por duras situaciones y han sabido salir con su corazón puro e invicto. Creo que así deben ser los soldados en guerra. Pasan por terribles situaciones y, si tienen la fortuna de volver a su patria, a su hogar, estarán orgullosos de contar a sus hijos, a sus nietos, y a todo el que se interese, el motivo por el cual cuentan con heridas que han desfigurado la armonía de su cuerpo, o han hecho más difíciles las acciones que, para cualquier otro, son comunes y corrientes.

En el momento presente, que por fortuna y por desgracia es fugaz, me enorgullezco al decirles que soy feliz. Resalto: frente al momento presente. Esto no liga de ninguna manera a mi futuro, y no sé de qué manera se relacione directamente con mi pasado. El tiempo no constituye los acontecimientos con su simple devenir, pues se requiere de la voluntad y la experiencia de la persona para hacer de los hechos infortunados o propicios. A la vez, cabe decir que no todos los hechos son percibidos de igual manera por cada persona. Así como a algunas personas detestan el brócoli, hay otras que pueden comerlo sin sentir agrado, y hay otras para las que constituya una verdadera delicia. Asimismo, hay personas que son más sensibles al rechazo que otras; hay algunas personas que viven del qué dirán y buscan deslumbrar, así como hay otras que prefieren la humildad y la reserva. En algunos casos son modos de vida, en otros, son predisposiciones anímicas o hasta naturales. Por tanto el prejuzgamiento me parece un camino sumamente erróneo. Mi lector recordará experiencias personales en las que le hayan subestimado por no contar con determinada habilidad o con algún conocimiento. Bien sabemos que no es parte de nuestra voluntad el incurrir en ello, y sabemos igualmente (o tenemos que saber) que esto no nos demerita como personas en ningún sentido, aunque así nos lo quieran hacer ver ocasionalmente. Somos juzgados por hablar (fastidioso), por no hablar (tímido); por agradecer (‘lambón’), por no agradecer (maleducado); por beber (borracho), por no beber (aburrido); por salir (vagabundo), por no salir (retraído). Las etiquetas son infinitas, y más que quejarnos por ello, debemos estar preparados para soportarlo y no dejarnos afectar.


Volviendo al núcleo del asunto, de mi felicidad al momento actual y de la relatividad del tiempo, les narro, mis queridos lectores, que una nostalgia y una tristeza excepcional me asedian. Ahora. No me sucedía ayer, y espero que tampoco mañana (pero sé que así será el 31 de diciembre porque lo volveré a recordar, y lloraré así no quiera y sentiré una mezcla de sentimientos que me es siempre tan preciada, y, lamentablemente, hasta vergonzosa). A veces no entiendo por qué la he embarrado tanto en la vida. He sido tan paciente, tan ilusa, tan confiada, tan dependiente… ¡tan ridícula! He llegado a la conclusión de que uno se busca lo que se merece. Aunque, sinceramente, creo que la vida se ha encargado de ser extrema en mi caso (tal vez estoy hecha de un material muy resistente). No sé cómo justificar el hecho de haber confiado en una persona sin conocerla. No sé cómo explicarme el hecho de haber permitido que mi dignidad se desapareciera en pos de buscar un amor que no existía. Recaí en un idealismo extraño, fuera del común, pero aun así estúpido. ¡El ‘creer’ en una persona constituye un riesgo demasiado fuerte! Si a veces es hasta difícil creer en uno mismo, ¿cómo creer en una persona de la cual no conoces ni el 10% de su historia? Yo también caí. Me dejé engañar por una cara bonita y a los tres meses de un ‘me gustaría poder pasar el resto de mi vida contigo; eres tan hermosa, tan perfecta… la mujer que pensé que nunca sería posible encontrar’. Es que el encaprichamiento es una cosa brutal, y sobre todo si uno se mete con una persona que tenga dotes de buen hablador. Y, como no todo puede ser fatal, y no todo en los demás es tan terrible, a veces las mentiras se vuelven verdaderas. Y con el tiempo uno se encariña más con los actos que con las palabras. Claro, estas no dejan de ser un plus, porque, al menos uno de mujer (no sé cómo será el asunto con los hombres, porque he tratado de dilucidarlo pero se muestran muy reservados a confiarlo) tiende a derretirse lentamente después de que le hacen un cumplido tierno y bonito… yo estoy acostumbrada a quedar deshecha por el piso después de unas palabras bien dichas (y no de tristeza, claro está), aunque, por alguna razón desconocida, el tiempo me ha hecho un poco fría, pero trato de resistirme a ello para que no me signifique una dificultad. Como decía, luego fueron los actos los que terminaron mostrándome que era una buena opción haber confiado. Saber de una persona que vivía en sentimientos similares a los mismos, y que por tanto conocía mi mundo, era un punto muy a favor. Saber que era una persona que no me criticaría por mis sentimientos ni mis emociones, porque entendía perfectamente que eran reales; que no me las producía por capricho, que no venían cuando yo las llamaba, sino cuando ellas quisieran. Él también lo sentía. No tan fuerte ni tan frecuentemente como yo, pero vivía ese mundo. Ambos habíamos llegado a tocar fondo, y sabíamos lo que se sentía ese horrible hueco, y lo que significaba el volver a levantarse, y entonces tratar de mantener la mirada lo más alto posible, y los sueños por encima de todas las nubes, para no tener que volver a perderse en aquellos pasados espantosos… esos que todos se negaban a entender. El hecho de sentir que nunca sería juzgada por él, me daba un enrome respiro porque al fin tendría alguien que entendería, incluso sin hablarle.

Y pasó un tiempo maravilloso de añoranzas, de alegrías y de sueños indescriptibles. La felicidad era mía: yo hacía la felicidad. Así como yo hacía la tristeza cuando sentía que algo malo pasaba con él: tal vez que estaba distante, nervioso; tal vez impaciente, melancólico; tal vez cuando sentía que en su alma había algo que yo no podía descifrar. Y, la tristeza era inicialmente suya, pero se convertía también en mía, y llegaba a veces a atormentarme más que a él. Y, no sé si tengo cierto instinto adicional en mi humanidad, pero entonces sentí que había algo que no encajaba. Y pensaba, analizaba… reunía hechos, palabras, acciones. Algo no estaba bien, y ese algo no era yo.


Indefectiblemente, preferí no hablar porque no tenía pruebas fehacientes de que en realidad algo malo sucedía. Hasta llegué a acusarme de padecer simplemente alguna psicosis pasajera a causa del estrés o de la tristeza, pues por estos tiempos mi situación médica empeoraba bastante, así que no sería raro que mi cabeza estuviera inventando todo y tratando de dañar mis sentimientos y aplastar mi relación, como ya estaba acostumbrada a que sucediera. Siguieron existiendo muestras de afecto ilimitadas, el mismo ‘amor’ y la misma ternura a la que estaba ya acostumbrada (y no por ser costumbre era algo malo, pues este es el éxito de esas acciones, siempre y cuando no se pierda la intención ni el buen recibimiento). Flores, notas, canciones… todas esas cositas que son siempre tan impresionantes y que impactan el corazón de una persona sensible. Pero ya no podía más… ya era tarde. Y no era mi culpa, pero tampoco era culpa de él.

Se acabó. Se venía acabando pero tuve que ponerle pronto un final definitivo para acortar los sufrimientos: el mío, porque estaba dando fin a algo en lo que vi un futuro eterno; el suyo, porque yo tenía una duda de esas que matan el alma, y él no podía seguir amándome mientras yo no pudiera obtener una respuesta.

Recibí una despedida inesperada, como de esas de adolescente indignado: ‘no te quiero volver a ver, déjame en paz’. Para una persona adulta me pareció bastante patético, pero finalmente me dolió, pues pensé que sería más reflexivo. Perdí todo contacto con él. Siguiendo su instinto adolescente (pues lo hizo por orgullo solamente), me eliminó de todas sus redes sociales, claramente. Los adolescentes no quieren ver a sus novias otra vez en la red (aunque pueden actuar como stalkers). Pasó pronto, lo admito, puesto que para mí había empezado a morir más pronto. Y lo hubiera dado por terminado antes, pero siempre existía en mí una pequeña esperancita de poder saber qué estaba sucediendo, pero no lo logré.

Asimismo, meses después recibí una llamada. Y meses después, otra. Lo mismo. Y muy desconcertante y evidentemente desgarrador para mí. Después de dar paso a la ‘dignidad’, volví finalmente a verlo librado de ésta. Sus palabras no puedo revelarlas, mas sí puedo decirles que, al final, su voz siempre se entrecortaba y era fácil determinar que lloraba. Yo quedaba paralizada. Con un nudo en el corazón y en la garganta. Incluso, en este preciso momento estoy sintiendo esa misma sensación. Me duele el pecho. Me tiemblan las manos y estoy fría. Otros meses después estuve más fría aun. Por desgracias de la vida conocí la noticia de que su vida se había terminado. Sí, ahora era habitante de otro universo… se había ido ya de aquí. Y se retorció mi alma y mi corazón y mi cuerpo también al saberlo. No me fue concedido el deseo de verlo y darle un abrazo; de verlo a la cara. Ahora era un hecho que este sería solo un deseo que nunca se cumpliría,  nunca, en todos los años, pocos o muchos que me quedaran de vida. Y eso me partía el corazón, porque yo estaba sinceramente agradecida por su presencia en mi existencia, y por lo que llegó a significar para mí a pesar de como finalizó la historia. Y fue entonces cuando encontré una razón para poner entre comillas el amor, como ven a lo largo del escrito. No me es dado decirles el cómo, pero finalmente descubrí que yo no era el ‘amor’. Que, si lo fui, lo fui a escondidas. Que, si yo era la mujer soñada, había otra que estaba estropeando aquel idilio. Había otra mujer, otra que era ‘oficial’. Y yo no lo era. Nunca lo había sido, y nunca me había dado a la tarea de fijarme en ello. Pero es que no soy persona de desconfianzas, y cuando las hay, ya no puedo seguir siendo la misma persona. No creo que fuera un sexto sentido, pero simplemente uno aprende a percibir a las personas en cada uno de sus detalles, de sus gestos, de sus armonías y desarmonías, y precisamente por ello, supongo, fue que al final terminé por tomar la decisión de claudicar, aunque pareciera poco digno. Y mi duelo fue entre tristeza por su partida y decepción por su traición. No podía creer ni una ni otra cosa: posiblemente estaba soñando otra vez y podría despertarme y ver que todo era ‘normal’ (a veces creo que abuso de las comillas).


Nada más digno que saber que era real. Y tener que tragarme esa pena que nadie quería escuchar. Mi madre fue un buen apoyo, claro… pero ella no sabe sino la mitad de la historia. Quienes me conocieron enamorada y viviendo mi vida en pos de ese sueño, partieron (o fueron expulsados) en ese lapso, y no tuve entonces a quien contarle el final de la historia, ni de quien esperar un firme abrazo de consuelo. Degustar amores dulces y tragar penas amargas: para eso estaba hecho mi corazón. No para medias tintas, nunca. Puedo verme como una persona extremista por mi forma de pensar, por mis acciones, por la narración silente de mi vida, pero no puedo y no tengo un propósito de cambio. Ese es el sabor de mi existencia, es la inspiración de mis letras. Es la salida sonora de mis enmarañados pensamientos, de mis lágrimas perdidas y mis sonrisas calladas.

Es esta una de las historias que puedo contarles, y que merece ser contada. No me reclamarán violación a la privacidad porque ahora es un patrimonio que me pertenece exclusivamente, pero igualmente traté de ser lo más respetuosa posible, y conservar la abstracción para no develarme sobremanera. A él le hice muchos pequeños homenajes; este blog está lleno de ellos. Por él mi bolígrafo escribió hasta altas horas de la noche, y mi inspiración sufrió un avance hermoso hacia ese campo inagotable del amor. Sin comillas. El amor que se busca y se espera en realidad es el que se hace todos los días; del que uno nunca se arrepiente. El que sabe que el pasado existió; que puede llorar con él, pero que no por ello arruina su presente ni ve derrotado su futuro, sino que, al contrario, imagina para él aún más grandes maravillas, puesto que, entre más hondo ha sido el abismo, el cielo se hace más grande y cercano. Porque el temor a las heridas y a las derrotas se pierde al final de cada batalla.  
Victoria y muerte del cónsul Decio Mus en batalla - Peter Paul Rubens (1617)


Posdata: terminando el discurso introductorio, no les deseo un feliz año,  mis queridos lectores. Les deseo un año lleno de oportunidades para avanzar, para luchar, para conocerse a ustedes mismos y, con madurez, estar preparados para cada prueba que les traiga la vida. No necesariamente les deseo felicidad, pero les deseo sí satisfacción y orgullo para avanzar después de cada tropiezo y angustia que se presenten en sus vidas. Al fin y al cabo, estamos hechos de ello y para ello. La felicidad no viene en un empaque de regalo. Preparen sus espadas, pongan la frente en alto, y luchen por tan preciado tesoro, con la inmensa maravilla que en sí significan sus vidas.  

viernes, 26 de diciembre de 2014

¡A la carga!

Me cargo de balas y continúo mi vida. Mi fuerza no está en la violencia. Mis balas no hieren el cuerpo, pero sí penetran el alma.



Me era indispensable e ineludible la idea de volver a reportarme literariamente. He perdido últimamente, si no las ganas de escribir, sí un poco el deseo de ser descubierta. Los últimos tiempos de mi vida han sido difíciles. Siempre lo son, mas estos han estado dotados de una extrañeza que no puedo describir. Aunque mi esencia nunca ha cambiado, como es normal en el ser humano, hay algo diferente en mi atmósfera; en la mía propia, no en lo que me rodea (bueno, también, pero no es lo fundamental). Antes me placía contar mi experiencia y enseñar con ella a la gente, o al menos divertirla. Ahora me cuesta trabajo… no puedo siquiera contarme a mí misma las cosas en un pedazo de papel, y cuando lo intento, siempre va a parar a la basura. Y definitivamente no me siento orgullosa de eso, pero no sé qué ha sucedido en mi interior para que me encuentre tan reacia a compartirme, a los demás y a mí misma.

Es algo que venía detectando desde hacía casi dos años, pero se reafirmó y se aseguró en el curso de este año. Pero no puedo negar que, se vincule o no a ello, me siento mucho mejor que en tiempos anteriores, y eso es algo que puedo decirles y me enorgullece. Bueno, no es que tenga cosas que ‘no puedo decir’, pues al fin y al cabo secretos tan ocultos no tengo, pero simplemente hay cosas que, tal vez, me hacen sentir ridícula a mí misma. Es algo que no he podido vislumbrar hasta el momento, pues constituye una lucha interna, que a su vez se convierte en una lucha con los demás, con mi vida y el entorno en general, así que mejor ese asunto quedará para cuando esté resuelto.

Seré objetiva y luego volveré a dar paso a la subjetividad, para traer un poco de orden y dejar de divagar (al fin y al cabo esto no es un ejercicio personal sino una muestra literaria, y que está basada en la vida real). Resulta que recibí el año 2014 un poco motivada (sólo un poco), ya que en el sentido académico las cosas iban por buen camino. Iba a empezar una maestría, sin siquiera haber terminado el pregrado (cabe resaltar, era estudiante de Derecho). Aun así me sentía un poco triste, pues no encontré el apoyo necesario por parte de mi padre, y una de las razones más grandes por las que había tratado de obtener ello había sido por agradarle a él. Esa ha sido una de las grandes razones de mi vida, pero lamentablemente, incurrir en ello es muy complicado. Así que tuve un pequeño lío mental por eso, pero logré convencerme de que, de ahora en adelante, el objeto de mis acciones sería simple y sencillamente YO: agradarme a mí misma, quererme a mí misma. Al fin y al cabo, he tenido siempre enormes problemas de autoestima (y no porque sea muy alta, claro está).  Pero, aun así, como les acabo de decir, fui enormemente desdichada.

Empezaron los tiempos académicos, que fueron los tiempos más predominantes durante este año. Desgraciadamente estaba bastante golpeada por los acontecimientos de la vida, y empezaba a enfermar gravemente otra vez (sí, enfermo frecuentemente… mi cabeza no es la más común de todas, y manejarla ha sido todo un reto para mí y para mis allegados). Hacía un año no iba al hospital, y no quería ir otra vez. Así que hacía todo el esfuerzo posible, aunque nadie se diera cuenta, y cada mañana trataba de volver a la lucha. No me era posible siempre. A veces pasaba días enteros sin fijarme ni un segundo en mi existencia… no quería, no podía hacerlo, pues eso me significaría un retroceso aun mayor del que ya encontraba. No puedo narrarles un registro similar para darles idea de lo que sentía en ese momento, pero, para hacerlo breve, estaba deprimida… gravemente deprimida. Pero seguía en el mundo de los normales, porque no quería, en mi vocabulario, ‘fracasar’ (para mí el fracaso es el hospital, además de la pesadilla).

Tuve enormes problemas con mis pocas personas cercanas precisamente por mi cambio de ‘paradigma’, que cada vez se presentaba más claramente. Mis anteriores años habían sido parte de una constante dependencia sentimental hacia la gente que me rodeaba, y en un momento simplemente dejé de hacerlo, ya que empecé a tener dignidad y a darme cuenta de que yo sola era suficiente. La primera expresión de ello, en general, fue tal vez muy hosca y grosera. Pero estaba enojada. Verme en una situación de ‘necesito de esa persona’ era patético, y yo estaba muy furiosa conmigo y con todo el mundo, por obvias razones. Esa necesidad nueva de dignidad y de amor propio me llevó a adoptar muchos cambios en mi personalidad que fueron malinterpretados por mis personas allegadas. Pero me sentí bien al empezar a implementarlo… al menos bien por haber tomado una determinación que era acertada en la teoría de la vida. Y que se fuera al carajo todo aquel que se creyera indispensable. Y pasó, claro... hubo bastante problema por ello. Y mi desdicha creció enormemente al ver que los problemas aumentaban en vez de disminuir. Pero ya no había nada que pudiera hacer cambiar mi determinación: mi vida estaba por delante. Si los demás querían cooperar, estaba bien. Si no, la ruta de salida estaba bien marcada. Es la que siempre ha estado mejora definida, pues la de entrada siempre se notaba muy borrosa, y ahora, más que eso, está como… resbalosa. Aunque no me considero una persona odiosa o antipática (así como me suelen considerar, y que hasta bonito me parece, porque amo como me prejuzgan y poder regocijarme en la estupidez de la gente ¡maravilloso! Y no es un sarcasmo, en serio me parece algo bonito, porque constituye observación social, constituye experiencia, y eso es lo que más me gusta de mi vida), es cierto que he cerrado muchísimo las puertas a la gente. Antes me gustaba agradar, y era parte de mi diario vivir el querer ser aceptada y todo eso… el no ser rechazada (ha sido, o fue el monstruo más grande de toda mi vida, desde que tengo memoria). Ahora me importa un soberano pepino (por no decir una expresión más agradable y grosera que me encanta) agradar o encajar en ningún lugar. No es una opción mediocre ni por descarte. Simplemente me siento feliz en mi mundo. En mi diferencia; bajo mis propias reglas. Llámenlo como quieran; si les gusta: en mi enfermedad. Pero, por favor, déjenme en paz J

Creo, por tanto, que la conflictividad interna que tenía conmigo misma se ha ido reduciendo en un porcentaje enorme. Pasaron los meses y la gente (la que me quiera, el resto me vale una m*erda), aprendió a tolerarme tal y como soy… aunque es cierto que a veces les cuesta trabajo. Mi inestabilidad emocional es difícil, y siempre lo será. Los cambios abruptos y todo ello siempre da lugar a que, ocasionalmente, haya una que otra molestia. Pero, sinceramente, hago lo posible para tratar de no molestar a nadie. Al respecto, una de las novedades personales que tengo es que, después de 7 años de medicación, decidí dejarla. Es una parte de mi declaración de independencia. Además, le declaré la guerra a la psiquiatría, por ser una disciplina enteramente subjetiva y etiquetar a la diferencia humana como enfermedad para mantener una especie de control social. Y yo no estoy dentro de los iguales, pero tampoco soy una enferma. Al carajo los diagnósticos. Yo soy quien soy y no me importa. Fue un proceso duro… por alguna razón mi cuerpo generó dependencia a un medicamento que no la genera normalmente, y me costó mucho trabajo salir de ahí. Pero lo hice. Y recibí regaños de los médicos por la inconveniencia de mi decisión, pues se supone que mi tratamiento tiene que ser, nada más y nada menos, de por vida. Y duré dos meses manejándolo a mi modo, sin uno sólo calmante externo más que mi propia voluntad; llorando uno que otro río a ratos y soltando toda la alegría que podía, cuando así era liberador para mí. Estaba muy feliz. Pero finalmente… hace una semana aproximadamente, por consejo de mi familia y de varios profesionales, tuve que volver a entrar en ello. Dosis baja, en suposición. Pero no puedo arriesgarme a seguir estudiando y correr el riesgo de una recaída. Recaída significa hospital. Hospital significa perder el semestre. Perder el semestre significa perder el dinero. Perder el semestre significa no graduarme pronto. Y debido a que la recuperación es lenta, será mucho tiempo que perderé en mi búsqueda de trabajo. Todos estos factores me llevarían a una depresión enorme y a mayor medicación. Tuve que hacerlo. Por ahora, seis meses más de esclavitud. Lloré impresionantemente por tener que tomar esa decisión, pero necesito prevenir un riesgo sumamente grande y que sería totalmente destructivo para mí y mis planes a futuro. A veces hay que sacrificarse un poco…

Como iba diciendo, con los meses cambiaron las cosas. A mitad de año tuve la noticia de que, afortunadamente, iba a recibir mi grado como abogada. Eso significaba también que podría seguir estudiando mi maestría. ¿Qué mejor noticia? La  alegría me embargaba y, ni decir a mis seres queridos. Fue un viaje supremamente largo y duro para todos nosotros. Demasiadas tristezas, esfuerzos y lágrimas en ese recorrido. Me vieron sufrir y sufrieron conmigo. Me vieron ser rescatada del fin de mis días, y ellos me rescataron también, y me ayudaron a volver a vivir. Y a vivir de una manera más bonita que antes. Ya no bebo. He tomado una opción de vida casi que abstemia. Por mi salud y por decisión personal. Me gustan los retos, me gusta lo que realmente significa algo importante. Es fácil emborracharse hasta perder la cabeza, y seguirlo haciendo tres días seguidos. Es difícil apartarse de ello y aprender a pasar una buena farra con uno mismo, sin necesidad de estimulantes externos. Aprender a vivir conscientemente es mi opción de vida, y me encanta. No voy a decir que no me gusta tomarme un vino (porque es una delicia) ¡o una deliciosa cerveza helada! Pero de ahí a perder la cabeza hay un enorme trecho y un resultado que no apetezco.


Así, después de 6 años (que, finalmente, no fueron mucho tiempo, comparado con el recorrido tan tenaz que tuve) obtuve mi título. Seguí sorteando las dificultades y manejando mi novedosa personalidad con un poco de extrañeza, pero con todo el poder que tenía. Seguí estudiando, y lo hice considerablemente mejor a como me resultó el semestre anterior. El núcleo de mi vida se ha ‘reducido’ (valga la expresión, no es por desprecio) a la academia. Actualmente trabajo empeñadamente en mi tesis, en una publicación para el año próximo, y en varios artículos para revistas especializadas. La literatura sigue alentándome, pero la producción de este año fue pésima. La lectura también quedó un poco abandonada, pues ahora mi campo de interés ha crecido enormemente hacia mis estudios (se nota el avance), y es que, ¡qué bonito es amar lo que uno hace! Y amar lo que uno tiene, y lo que uno es. Y no tener la necesidad de andar gritando a los cuatro vientos mis éxitos, mis logros. Porque soy simplemente lo que ustedes pueden ver, o lo que puedan imaginar quienes se detengan a ver este pequeño repertorio. No me interesa parecer una persona inalcanzable o inmaculada, ni la más estudiada ni la más perfecta. Solamente un ser humano como cada uno de ustedes, con sus errores y sus aciertos, con sus anhelos y sus fracasos. Es lo que somos y lo que siempre seremos, y la ilusión es por lo que siempre viviremos. ¡No olvidemos alentarla cada día de nuestras vidas! 




viernes, 31 de enero de 2014

Castigo Eterno - 2006

Hace unos días estuve ojeando mi producción literaria en general. No pensaba que hubiese escrito tanto, y me enorgullece, aunque me entristece haber perdido tantos textos y haber tirado tantos otros (y no explicaré las razones por las que decidí hacerlo en aquel tiempo). Simplemente, se me ocurrió la idea de hacerles unas mínimas correcciones de estilo a los textos más sobresalientes para compartirlos con ustedes, tarea que iré trabajando tanto aquí en La telaraña como en Lírica Bizarra, pues representan partes importantes de mi vida que, a su vez, pueden ser útiles para ustedes, o al menos medianamente interesantes.
El día de hoy compartiré mi primer texto. Es cosa bastante importante para un escritor recordar el primer escrito consumado, y esas extrañas alimañas que invadieron mi estómago cuando llegó ese primer y tan anhelado 'fin'. Bueno, para ubicarles en el tiempo y el espacio, para ese tiempo contaba yo con 16 años; adolescente inconforme y descubriendo apenas sus problemas con la depresión y con la misma sociedad, puesto que no deseaba absolutamente nada más que alejarme del asco y la tristeza que todos me producían. He aquí una dedicatoria a ellos, a lo que sentía yo por los demás. Anímense a darle un vistazo y luego continuaremos con la evolución... Muchas gracias (de mi pasado-yo y de mi yo-actual) y espero que les guste. Se titula 'Castigo Eterno'.

Es esta la primera vez que he deseado hablar sinceramente de mi existencia. Es la primera vez que siento una horrible compasión por aquellos seres humanos que se habitúan al yugo mundano y, como ratas, se alimentan de la basura que tienen a su alcance… se deleitan únicamente con la porquería que este les ofrece. Muchas personas evitan nombrar la muerte queriendo eliminarla de su realidad, sabiendo que, en el momento más indicado, ella será guiada por el patetismo que proyecta el hombre común y se saboreará de la ridiculez que se engendra dentro de sus almas. A medida que pasa el tiempo, hay más almas involucradas en aquel mortuorio festín; cada vez hay más almas reunidas en torno al castigo eterno.

Lo que yo piense, para ustedes poco o nada significará, pues ya no hablo desde una vida verdadera, hablo sabiendo que la podredumbre de mi alma me inundará hasta que encuentre alguna salida. Para mí, esto es un amargo recuerdo, un único recuerdo, es mi vida, es la única vida que tuve. Es un anhelo de vida y un sueño de muerte.

No me molestaré en relatarles mi vida —si se me permite llamarla así—, y si lo hiciese, no hallaría nada memorable en ella. Fue siempre igual, siempre llena de vicios, de lujos innecesarios, de alegrías decepcionantes, de rutinas ambiciosas… todo sin recompensa alguna. Todo lo que me fue otorgado para conseguir mi felicidad el día de mi concepción se echó a perder, me entregué únicamente al placer sin guardar pasión ni conciencia alguna, aún así, pretendiendo tener poder absoluto sobre todas las cosas. Sí, así fue, sobre todas las cosas sin excepción alguna. Nunca guardé cuidado en agregar algún carácter a mis palabras, pues todas iban dirigidas a la consecución de sucios intereses. Había declarado una guerra a la vida y a la muerte, pero sin involucrarlas en mi grotesca megalomanía.

Gustoso les mencionaría mi muerte, pero esta no se ha compadecido de mí aún, y tal vez nunca lo haga. Ya sabido este hecho, me dispongo a relatar el momento en el que mi existencia tuvo por fin un valor. Descubrí un sentido que no quise encontrar, pero era necesario comprenderlo.

Recuerdo haber experimentado un extraño presentimiento, como si alguien me estuviese observando, como si detallara cada uno de mis movimientos; como si, sin esfuerzo alguno, aquel ser se introdujera en mi mente y descubriera el vacío y la indiferencia que reinaban en mis entrañas.

“Los presentimientos son cosa de locos. Una persona como yo sólo se guía por lo que es importante”, decía yo constantemente, considerándome sabio por mi supuesta experiencia y aquella forma de vivir la vida. Mi observador lo sabía perfectamente, y siempre se había burlado de mi falta de sentido común. Ahora yo deseaba mostrarle a aquella invención imaginaria que él era sólo una falsa entelequia de mi conciencia. Me dispuse a dormir, presumiendo que el agotamiento atraía todas aquellas ideas a mi mente, y no podía permitirlo. Como signo de falso convencimiento, y para defender la hipocresía que me había distinguido, me reía nuevamente de la muerte creyendo ser impune a ella. Me incorporé, y mi cuerpo no volvió a ver el mundo jamás.

Un extraño sueño envolvió mi cabeza. En éste se presentaba mi pasado con dolor y desprecio, abrumándome y comprobando lo que sentían las verdaderas almas al toparse con un inepto de mi calaña y, por primera vez, sentí un hondo arrepentimiento. Me enteré de que la vida podía tener fundamento alguno. Entre más recordaba, más incómodo me sentía, y la desdicha me invadía acechando cada rincón, marcándolo con la suciedad recogida a lo largo de mi vida. Era yo el ser más mísero que haya existido, el mundo desperdició mi alma sabiendo que ésta era obra de la mano de Dios, pero finalmente, el mundo no tuvo la culpa, ésta me la atribuyo a mí mismo porque yo era el único que podía decidir por mí… viví como me lo propuse, el mundo hizo su tarea. El cielo y el infierno me han abandonado, y lo merezco.                                                                                                                                                                                          Extrañas figuras se proyectaban indefinidamente de acuerdo a las impresiones que impactaron mi mente. No me fue posible diferenciar la imaginación de la realidad. Nunca nadie sabrá quién fue el artífice de aquel inexplicable delirio; tampoco si fue causa de mis agonías o si realmente sucedió.

No guardo la esperanza de conocer aquello en algún momento, y no debería interesarme, pues, ¿para qué descubrir algo que ya no puedo remediar? Algo perteneciente a mi pasado… no me serviría de nada conocerlo. Admito que la curiosidad es la que me lleva a querer averiguarlo, quisiera ver la situación desde un ángulo diferente, pero estoy sumido en mi ser y de aquí no puedo escapar. Solo intentaré habituar los hechos a mi deplorable rutina, si es que saldré con suerte,  pidiendo que desaparezca de una vez por todas y rogando que aquí se quede. Si desapareciese definitivamente hallaría una calma entera, mis ataduras se destruirían automáticamente, aunque el temor se apodera de mi mente y mi alma se ve obligada a aceptar que el día en el que mi rutina llegue a su fin, mi vida estará forzada a esfumarse. De ahí ese ridículo miedo a la muerte, y por más patético que sea no podré liberarme de éste, prefería vivir eternamente a pensar en la idea de que la muerte tuviera que venir por mí algún día.

Un horrible alarido surgió de mi interior y fue disminuyendo a medida que los segundos envolvían mi ser y me condenaban a pasar por una eternidad en cada uno de ellos. Así para mi alma hayan representado tal sinfín, para el mundo constituyeron no más de un minuto, minuto que se convirtió en el más largo de mi vida, que anunciaba ya mi fin y me mostraba sin querer mi cobardía, que me llevó al pasado y me dio un leve recorrido por el futuro, si es que así puedo llamarlo. Y yo mantenía firme la ridícula idea de recuperar mi estado normal para encontrar una salida a aquel extraño infierno y continuar con la inútil existencia a la que estaba acostumbrado.

Mi desesperado grito se acabó luego de luchar contra el temor que me invadía. Ahora sólo era un sollozo que a cualquiera llenaría de angustia. Pero fui perdiendo la voz hasta caer en un profundo sueño, estuve paralizado completamente durante algún tiempo. Al despertar me llenó de esperanza el haber recuperado un poco de sensibilidad corporal, aunque lo que no me agradaba del todo era el sentir que un temblor incontrolable recorría mi persona, y poco tiempo después apreciaba un sudor frío acompañado de dolor, cada vez menos tolerable, aunque casi imperceptible. Sentí como la razón regresaba a mi persona y me decía que no había de qué preocuparse, que aquellos síntomas se debían a mi debilidad, y me consoló la idea de que cesarían cuando recuperara por completo la  normalidad de mis sentidos corporales.

Pude haber muerto allí, pero la idea de esperar la llegada de un espíritu tan oscuro al cual había temido desde tiempos inmemorables en mi existencia, no me complacía enteramente. Hallé fuerzas en el último rincón de mis entrañas para no dejarme vencer por el miedo, y empecé a recuperar un poco de movilidad en mis extremidades.

Iba desentumiendo mi corporeidad lentamente para no agotarme con los esfuerzos infructuosos que me obligaban a movilizarme, y aquel insoportable dolor se hacia cada vez más insistente. Me encontraba en una situación delicada: mi energía liberaba sus últimas reservas y la terrible idea de rendirme ante la muerte se me presentaba con mayor frecuencia.

Este dilema recorría los estrechos senderos de mi conciencia cuando un estruendo infernal me despertó instantáneamente. Fue tan profundo y tan aterrador que rescató a mi cuerpo de la quietud que de él se había apoderado. Finalmente, sin saber cómo, me hallaba de pie, y algunos rayos débiles proyectaban una luz espectral, llevando una esencia aún más aterradora. Era tan impactante que mis sentidos olvidaron de momento el dolor para dedicarse a indagar acerca del ambiente que me rodeaba. ¡Cuánto anhelo devolver el tiempo para no haber pronunciado las palabras que instituyeron mi despiadada condena!

Aquel extraordinario paisaje se moldeaba ante mis ojos como un infinito campo sin desniveles en su terreno, sin límites en toda su grandeza; iluminado por una resplandeciente neblina roja que dificultaba mi escasa respiración. Toda su vasta extensión estaba cubierta por extraños desechos putrefactos, algo realmente horroroso, además de varias siluetas que sobresalían por su oscuridad, pero no logré reconocer lo que en sí eran estas.

En ese instante, el dolor retornó a mi mente y mi reacción fue observarme para distinguir alguna alteración en mi corporeidad y, ¡oh! ¡Que terrible infortunio! ¡Sólo el destino conoce qué desalmado ser me predispuso a la agonía de esta forma! Mi cuerpo se encontraba completamente desollado. A lo que antes había calificado como un simple “sudor frío”, era, desgraciadamente, la sangre recorriéndome de extremo a extremo. El hecho de haber observado mi sombría realidad hizo que mi dolor fuera completamente inaguantable. Mis venas sobresalían cada vez más de la carne que me envolvía; el desgraciado verdugo que se deleitó en el acto de mi tortura dejó algunos hoyuelos mal formados en mi abdomen, unos más notables que otros, dando la impresión de que hubiera extraído alguno de mis órganos, y las partes que de mí había desechado el asesino, junto con los restos de mi antigua piel y la de un incontable número de seres, constituían ahora la basura que adornaba la superficie de aquel perfectísimo infierno.

Todas esas imágenes y sentimientos reunidos paralizaron mi atemorizado corazón, y, aún así, increíblemente, después de tan fatal sufrimiento, conservaba la firme idea de aguardar mi vida por encima de todas las cosas…

¡Ah! ¡Necio pensamiento! Ahora soy testigo de una infinidad de atrocidades al afirmar que el miedo es el asesino de la razón. La ineptitud me hizo presa de un eterno castigo, y ahora me encuentro sufriendo por nunca haber pensado en el verdadero sentido de mis palabras; por haberme resguardado en una supuesta superioridad y no haberme arriesgado a cuestionar los argumentos que acompañaron a mi vida desde la infancia; por la cobardía que me llevó a suplantar mi realidad por una absurda utopía.

No tuve la capacidad de retener aquellas decepcionantes ideas por la fuerza de su colisión con mi entendimiento, entonces recurrí a gritar proclamando frases sin sentido alguno, probablemente por la cantidad de pensamientos que me abrumaban, formando en mi mente una densa atmósfera de culpabilidad y arrepentimiento, que adquirirían un inmenso parecido con la locura. De la maldición de aquellas palabras con un clamor apenas entendible, recuerdo que pronuncié lo siguiente: ¡NO QUIERO MORIR!

Y ahí quedaron consignadas en la historia las palabras que enviaron mi alma directamente a la cruel eternidad en la que ahora perezco, o, peor aún, en la que permanezco en este limbo con esperanzas hacia el fin de mi existencia. En mi vida nunca pude comprobar que las palabras, al ser pronunciadas con tal voluntad, eran dueñas de tanta grandiosidad. Nunca me dispuse a explorarme, mucho menos a cuestionarme.

Estaba completamente aturdido, sentía cómo moría sin caer bajo la muerte, pero siendo dominado por ésta. Intenté avanzar pero mis pies no lo permitían. Mi cuerpo se precipitó, cayendo sobre una enorme daga que atravesó mi pecho. Mi sangre, negra y maldita, se derramaba haciendo que mis venas se aferraran al suelo, al mismísimo suelo del infierno, en el que seguiré deseando infructuosamente conseguir una salida, ya sea la vida o la muerte, alguna que me libere de esta brutal opresión.


Ahora puedo darme cuenta de que mi vida esculpe mi condena como una de sus obras maestras; mi fúnebre y patético paso por el mundo no me enseñó a existir verdaderamente, y en este momento la muerte se encarga de cumplir con esa labor, aunque nunca me lleve decididamente.