lunes, 30 de enero de 2012

El mar de mis sueños

Es interesante ver cómo vas creciendo; pensar en el paso del tiempo, en la fluctuación de tus ideas, de tus sueños, de tus creencias, y ver cómo todo va cambiando, indefinida e indescriptiblemente. Mirar la vida desde arriba, en algún momento de reflexión, es maravilloso. Es ver todo lo relevante que has hecho anteriormente, como examinando un mapa del tesoro, jejeje, sí! Como un pirata, con una pata de palo, un parche y demás remiendos, porque así es como nos va dejando la vida, con cada una de las experiencias que nos dejan enseñanzas, tanto las buenas como las malas, desde los días de marea baja, cálidos, con un océano claro y pacífico, pasando por las interminables noches de tormenta en que parece que el mismísimo infierno te absorberá entre tanto forcejeo; hasta las horas de batalla que, a pesar de parecer eternas, dejan estragos a veces imposibles de arreglar, y bien, sin posibilidad de olvidar…



Hoy estoy entonces en mood pirata, viendo el último mapa del que me he proveído, pues yo, en base a lo que he oído (hay otras personas que tienen más experiencia que uno mismo, cercanas, lejanas, mucho mayores o inclusive menores) y a decir verdad, con lo que he vivido también (tenía que servir para algo), he dibujado líneas y trayectos en mi mundo que pueden parecer inconcebibles, inalcanzables para cualquier ser que detente mi condición. Pero… al fin y al cabo, navego, navego… :)

A veces pienso que soy una pirata muy ambiciosa; que pido más de lo que merezco, así como creo que tengo ahora más de lo que debería tener, comparado con mi corta experiencia. Igualmente, a veces considero que soy una pirata muy débil, que no sirvo para la vida en el mar; que debería comerme un tiburón o que debería dejar que mi barco fuere destruido en el próximo enfrentamiento. Pero… al fin y al cabo, navego, navego… :)

Y esta es una declaración de guerra contra el que se ponga en mi camino, así sea yo misma. Es una declaración de afecto, de amistad para con quien decida explorar el mundo y llegar a la X que marca el lugar, que, por cierto, cada vez trae tesoros más impresionantes; cada vez gratifica la vida de una forma más exorbitante.

No voy a tener más sueños frágiles, no daré el brazo a torcer desde el primer inconveniente. He ganado muchas veces, así como también he perdido, y he sido victoriosa al aceptar mis derrotas, al reconocer mi debilidad y al reconocer que, más allá de todo eso, está el espíritu que me levanta y me repite que tengo que seguir viviendo para poder continuar soñando.

No voy a renunciar a lo que quiero, simplemente por encontrar opciones más fáciles de alcanzar. Nunca voy a pensar en otras alternativas. No voy a renunciar al paraíso que quiero encontrar solamente si, en un momento de debilidad, vislumbro una pequeña isla para descansar un momento. No hay lugar a rendirse, porque luego, de seguro, dicho descanso temporal se hunda y trate de llevarme consigo al fondo. Y todo sería por mi culpa, por haber elegido una opción sucia, por haber dejado mis ilusiones tiradas en el mar.

Mis deseos, mis sueños... hacen parte de mi corazón, son parte de mi vida (si no mi vida misma), y sin ellos  no vale la pena mi existencia. No los negaré, no los rechazaré, y no los olvidaré, porque son lo que necesito para ser feliz!!!!!
Lucha por tus sueños siempre con los pies en la tierra, siempre con la mente en ellos.

viernes, 6 de enero de 2012

Entre el cielo y la tierra

Mi año anterior, como se pudieron dar cuenta, fue una cosa pésima en materia de creación literaria. Tuve la mente absolutamente nublada, pero ya era hora de resurgir, para retomar mi mejor método anti-demonios y para compartir con ustedes mi arte y mi experiencia. Les traigo el primer cuento que escribo en este año. Empecé a hacerlo el 29 de diciembre pero me fue imposible terminarlo el año pasado. Tiene un orden lógico especial, pero no puede verse a simple vista. En fin, espero lo disfruten. Me harían un honor si lo leyesen. Recibo comentarios y sugerencias. Saludos y gracias por la espera!

ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA


Existe algo de grande y de horrible en el suicidio. 
Hay muchos cuyas caídas carecen de peligro, porque,
como las de los niños, son desde muy bajo para
lastimarse; pero, cuando un hombre se estrella,
debe venir de muy alto, haberse elevado hasta los
cielos, haber vislumbrado algún paraíso inaccesible.

Honoré de Balzac. La piel de zapa.

Despierto de aquel extraño y sublime sueño, volviendo al otro lado de mi mundo pero aun sumergido en ese cosmos en el que, con facilidad, puedo volar y cantar con mis ángeles, recorriendo las praderas de mi adoración y clamando alegremente con la voz de la tristeza, persiguiendo la liberación como el voraz león acecha a su presa; convirtiendo la sangre en arroyuelos que brotan por borbotones al oír el son alegre y tranquilo de la infinidad… en mis campos elíseos, en mi morada eterna, bajo mi sol favorito, entre las ruinas olvidadas de mi desesperación.
Pero batía un poco mi cabeza y pensaba. Estaba gastando mucho tiempo en estupideces, ya me lo habían repetido muchísimas veces, y sobre todo últimamente, desde mis padres, mi novia, pasando por mis amigos y paradójicamente, hasta un par de desconocidos (especie de videntes, tal vez, que sin saber de mí podían juzgarme ligeramente y acertar en el punto), y, aunque no me convencía firmemente de ello, mis 32 años me hacían creer que era cierto, total y absolutamente cierto. Era hora de… poner los pies sobre la tierra. No consideraba que estuviera viviendo en una nube, de ninguna manera, pero, evidentemente mi vida y mi forma de pensar no se desarrollaban como la de los demás, cosa que en efecto me enorgullecía pero en cierta manera conllevaba para mí cierto sentimiento de preocupación y hasta de lástima hacia mí mismo al ver, por ejemplo, cuando me deprimía y decidía aislarme porque, realmente, nadie entendía, nadie podía entender. No querían, no podían. Y eso no me importaba, yo sólo hubiera esperado que me dejaran vivir, al fin y al cabo no le estaba haciendo daño a nadie…
Así, al hacerse onírica la noche y llegar un enorme trancón de estrellas, abrí finalmente mis ojos. El  claroscuro día, purpúreo al caer los primeros rayos solares, descendía sobre la ciudad. Era una combinación hermosa, siempre lo había pensado, y trataba de plasmarlo en mis poesías, para que alguien lo viera como yo. Gustaba mucho de los colores, a pesar de que casi siempre vestía de negro, no por alguna obsesión o por evitar manchar mi traje, sino simplemente para no luchar con combinaciones, siendo que odiaba perder el tiempo en banalidades de ese tipo. En fin, gustaba mucho degustar con mis pupilas de los colores, los matices de la naturaleza, las luces… sí, las luces me fascinaban, desde una simple luz artificial, como el trivial semáforo, que me obligaba a observarlo antes de cruzar la acera para venir a casa, o hasta las luces del firmamento que, intermitentemente y entre afables visos, amenazaban con ahogarlo. Tal vez mis ojos estaban llenos de luces, y por eso devoraba apasionadamente el colorido de toda la existencia.
Adoraba especialmente el color de la piel. El color, junto con el olor de su piel, eran objeto de mi devoción. Ana dormitaba en un dulce y cálido sueño cuando, temerosamente, a pesar de los años que habíamos pasado juntos, me di la vuelta para acariciar su cintura, antes cubierta por una delicada sábana de algodón, casi tan suave como su piel. Me acerqué leve, casi imperceptible para percibir su olor, para mí afrodisiaco. Sus hombros, deliciosos y finos como el alabastro, armonizaban tan bien con su cuello que solo me podían evocar una musa de aquellas sobre las cuales tanto había leído. Ahora, en mi realidad, yo tenía una musa. Una musa que todos los días y en cada uno de sus breves y largos instantes se prestaba a alimentar mi imaginación, a saciarme con un aroma inolvidable y deleitarme con una blancura sepulcral; atractiva en la sencillez de sus formas e invocada loablemente por todos mis ánimos, desde los más humanos hasta los más celestes. La combinación de sus perfumes, tan exquisitamente suaves y extravagantes, me transportaba a la vez que con mis labios rozaba su cintura, ya sintiendo la gravedad de su respiración, cada vez más agitada, pero con una gracia ineludible. Naranjas y fresas, chocolates y caramelos recordaba mi imaginación con el olor de sus pequeños senos, que me extasiaba aun más al percibir el frío olor de sus pezones, duros, adornándola en toda su humilde belleza. Podría pasar el resto de mi vida allí, postrado frente a ella, besándola, llenándome de su presencia solamente con su esencia, con ese bello perfume que me llamaba solamente a quererla, a adorarla como la única diosa de mi existencia.
Con cada reflexión mía, con cada movimiento, con cada pensamiento (porque estoy seguro de que esta mujer podía captarlos a la perfección), se abandonaba perfectamente a mis caricias, en la misma medida en que el olor de su sexo me embriagaba y me elevaba. Y aquella unión de fragancias en un solo cuerpo era tan mortal para mí que sólo podía introducirme en ella y, así, pensar que realmente me pertenecía… como si tuviera yo tanta suerte, como si mi fortuna fuera tanta para poseer a una mujer tan grandiosa como las mismas estrellas, lejanas, brillantes y lejanas, perdidas en los inmensos cielos, en la telaraña del mismísimo universo.
Delirante, adicto, transportado, narcotizado. Era una masa de sentimientos y de sensaciones vivas, palpitantes, desde que la veía desnuda junto a mí, pasando por la exhalación que me indicaba que mi cuerpo ya había sido, en cierta manera, saciado; llegando finalmente a un lapso de una o dos horas en que seguía endeble, perdido en ese mundo provocado por mi imaginación, unida a nuestros sentimientos y sensaciones, junto al amor que le prodigaba ciegamente a esta mujer, y que ella, al menos, en alguna época, había llegado a sentir por mí.
Saliendo de aquel embrujo, volví en un momento a mi habitual corporalidad, habiéndose inaugurado ya por completo una nueva mañana. Pasé por la tosca alfombra del pasillo, sintiendo en mis pies un cosquilleo singular, poco agradable para mi cuerpo sensible y agotado por el éxtasis en el que aún navegaba; crucé la antesala sintiendo una suavidad bastante rústica, algo enfermiza, hasta llegar al frío suelo de mármol de la cocina. ¡Qué sensacional paseo, literalmente hablando, había tenido desde mi habitación hasta aquí! Vaya, pocas veces en la vida se dedica el ser humano a sentir, buenas o malas sensaciones, duras, pesadas, embriagantes, dolorosas, hermosas, tristes, increíbles, tormentosas… todo pasa, la maravilla se aleja, y luego, al llegar casi el fin de la  vida, escuchamos cómo los viejos dicen que desearon haber vivido más; todo pasa, la maravilla se aleja, y al final sólo quisiéramos haber tenido otra oportunidad.
Abrí la llave, me serví un enorme vaso de agua que pretendió helar mi mano. Pasó un ligero escalofrío por mi cuerpo al beber el primer sorbo, pues sentí cómo descendió por cada uno de mis órganos hasta llegar al estómago. Me detuve, dejo el vaso sobre el mesón y apreté mis manos, las junté, las observé, las sentí. No lograba descifrar si en la batalla entre mis manos ganaría el calor o el frío, pero apreciar aquellas temperaturas tratando de mantenerse una sobre la otra era absolutamente asombroso. Continué bebiendo de mi vaso, primero rápido, luego despacio. Estuve totalmente saciado con el sabor del agua, combinado aun con las dulces esencias que habían dejado su rastro en mi boca, producto del sabor escondido e indemne de mi adorada Ana.
Pasadas unas horas, poco antes del mediodía, no lograba concentrarme en mis labores rutinarias. Me era definitivamente imposible. Mi mente estaba llena solamente de vivos recuerdos de lo que había venido sintiendo los últimos días. De pensar solamente en cualquier sensación, podía ya revivirla en toda su plenitud: el sabor de la sal, la cual gustaba de saborear incluso sin compañía de las comidas, por el sencillo placer de que mi sistema nervioso se activara con aquel sabor enérgico; el sol sobre mi piel al salir a la playa, junto con la arena bajo mis pies y el agua del mar en un mismo conjunto, alucinando mis sentidos y, a la vez, sentir el paso de cada segundo, observando cómo se ponía la tarde y llegaba nuevamente la noche a recibirme, junto con la hermosa serenata que las olas del mar, ahora tranquilas, brindaban melodiosamente a mis oídos, donde se  introducían para permanecer vívidas con todo su esplendor, pintando agradablemente en mi memoria.
Aunque yo cada día estaba más complacido y embelesado con aquella gracia que me brindaban mis sentidos, Ana ya no quería acercarse a mí. No quería que la tocara, incluso no quería que le hablara; ya no quería tener un bebé, ya no quería que yo fuera su esposo, pues ella dijo que no se casaría con un demente. Mis padres hablaban constantemente con ella y ahora nos visitaban incluso varias veces a la semana, y con gran cariño y amabilidad trataban de hablarme y aconsejarme, me pedían que retomara mis actividades, que cambiara de trabajo; que fuera con el médico, que tomara mis antiguas píldoras para dormir…
Y yo no tenía espacio para dormir, sólo quería vivir y sentía que el sueño me coartaba y trataba de impedir la cómoda relación que ahora tenía con mi sensibilidad, y no podía yo permitir que se me quitara lo más preciado que tenía en la vida, pues, ¿qué tal si un día durmiera y al despertar ya no pudiera retornar a mis sentimientos y sensaciones anteriores?
Y yo no tenía espacio para pensar, sólo para sentir…
Así que tomé aquel abrigo lleno de polvo, perfecto para la ocasión, aquel que me había negado a tocar hacía ya varios años, sintiendo su blanda textura, como si hubiera vuelto a la vida luego de aquellas reflexiones y sentimientos solamente recordados. Observé a Ana, de pie cerca del umbral, oscurecida su figura por la blancura cegadora del mediodía, haciendo ambas un contraste delicioso. Tomé su cintura, pasando suavemente mi mano por su curva, a lo cual ni se inmutó. Besé su mejilla con inocente pasión, recargándome con su perfume otoñal, casi angelical, y siguió sin decir palabra ni hacer amague del más mínimo movimiento.
Partí. Tomé una senda estrecha que llevaba hacia el río, pretendiendo alejarme del ruido, de las palabras, de la podredumbre. Quería ir al fondo del bosque y encontrarme con el rio para escuchar sus canciones, y luego ver a los pajarillos en un desfile de colores y sonidos alucinantes frente a mis ojos y así, deslumbrado, regresar a casa para poder pintar los sentidos en mi lienzo; poder satisfacer de alguna manera mis ganas de mostrar al mundo, o al menos a mi mundo, un prototipo menos abstracto y más comprensible de aquella felicidad de la cual yo era partícipe, solamente por abrirme a una perfecta armonía con la naturaleza, solamente por ser su fiel admirador.
Caminé extendidamente, hasta pasadas aproximadamente 3 horas. También me gustaba sentir el cansancio, darme cuenta de cómo iba apoderándose de mi cuerpo lenta y casi imperceptiblemente, todo gracias a la simple y preciosa dedicación a los múltiples deleites que me ofrecía aquel espacio, lejos de todo y que se expandía ante mí como único reino inigualable, digno de príncipes celestiales pero, desgraciadamente y en su mayoría, habitado por sucios autómatas, ciegos y despreciables. Ya empezaba a escuchar en la lejanía el sonido del rio, así que decidí descansar, escalando primero una enorme roca para poder retener una mejor vista del paisaje, aunque un poco nubado por las ramas de los árboles. Me entretuve viendo un pajarillo de plumas violáceas, con algunas trazas blancas en su pechera. Chillaba y brincaba buscando a su madre, probablemente, pues sus saltitos tímidos denotaban que apenas estaba conociendo el mundo, y no conocía aún que sus alas, aquel par de instrumentos maravillosos, dentro de poco, serían sus aliados para llevarle a conocer el mundo, a ver toda la grandeza que guardaba dentro de su misma pequeñez. Y me sentí nuevamente miserable por no poder enseñarle aquello a Ana, ni a nadie. Me sentí impotente, al darme cuenta de que hoy en día los pájaros no abren sus alas, y prefieren quedarse en la seguridad de la superficie para evitar tal vez una caída, para evitar el sol cerniéndose sobre su plumaje, para escapar de los predadores… para evitar la grandiosidad de la vida. Se guardan en un oscuro rincón de algún pantano sin nombre, quedándose pobres, perdiéndolo todo a cambio de la quietud, la sequedad y la falsa certidumbre de una fosa sin esperanza. Yo sólo quiero que vengan conmigo. Sólo quiero que vean con mis ojos, que sientan con mi corazón, que vivan con mi vida…
Siempre admiré la esencia de las lágrimas. Su fuente sacra, su sabor salino, su color inmaculado, y la especial manera en que resbalan cálida y graciosamente por las mejillas al descender, buscando algún escondite. Ahora una lágrima rodaba por mi rostro y nuevamente mi sonrisa se esbozaba, con una felicidad de otro mundo. Busqué con mi mano izquierda en el bolsillo del negro abrigo aterciopelado, sacando un rojo pañuelo, frío y algodonoso. Tomé una honda bocanada de aire, levanté mis ojos por última vez al claro cielo y, halando del gatillo, me introduje salvajemente y sin ser invitado en los aposentos de la muerte, esperando ahora el momento en que me llame a sentir su inclemente veredicto.
F I N
Enero 6, 2012.
Nastenka.

lunes, 17 de octubre de 2011

Aranzazu, el pueblo de los bipolares - Marianne Ponsford

Tenía ya bastante tiempo de no venir a publicar nada por estos lares. Y lo que postearé ahora no es de mi autoría tampoco. Hace ya cerca de un año que he perdido mi inspiración, desde que una terrible depresión volvió a atacarme con todo el arsenal posible (ustedes saben, como versiones que Windows o qué se yo, que con el tiempo y las circunstancias se ven en la necesidad de renovarse para complacer al público; en este caso para asombrarme con su capacidad de destrucción ultra mejorada!). Al parecer de nuevo me he salvado y salgo tímidamente a dar pasitos por ahí, esperando tener suerte y poder complacerles otra vez con escritos constantes, improvisados y de hermosura impecable.


Así que en esta ocasión les traigo un artículo que encontré en la revista SoHo, del año 2010. Me pareció muy bonito y acertado. Espero que tengan ocasión de leerlo. Un saludo y mil gracias por sus ideas.

I.

Esta será, amable lector, una historia triste.

II.

Cuando uno sube hacia Aranzazu desde el sur, desde el valle del río Cauca, tiene la sensación de que se lo está tragando la montaña. Atrás se queda la planicie abierta y verde, con sus enormes ceibas centenarias meciéndose con modesta dulzura a la vera del río, en ese aire como dormido de la tierra caliente. Primero el paisaje se va ondulando y se llena de cerros breves, como un mar que se inquieta antes de la tormenta. Después de dejar atrás Pereira, la carretera comienza a serpentear cuesta arriba sin tregua hasta llegar a Manizales. Pero en Manizales uno todavía alcanza a ver el valle, amplio y magnífico, en la distancia.

En cambio, en el trayecto que va de Manizales a Aranzazu, un municipio en el norte del departamento, la cordillera parece un abanico que se cierra de golpe. Los cauces de las quebradas no son más que navajazos entre las altísimas paredes verdes, llenas de una vegetación húmeda y bella, misteriosa.

Aranzazu está casi a 2.000 metros de altura, y hace un sol radiante al mediodía. El pueblo no puede ser más pintoresco. Los jeeps de colores se alinean en la plaza central recién remodelada, parqueados como para una exposición. Las casas están perfectamente pintadas, no hay un solo papel en el suelo, y todo el pueblo parece haber decidido salir a la calle: es sábado, y la gente de las veredas vecinas ha venido a comerciar. Los hombres llevan sus camisas recién planchadas, impecables, su toallita al hombro, su bigote recio y su sombrero blanco bien puesto, y se juntan en grupos pequeños a conversar. No parecen tener ninguna prisa. Hay una sensación muy nítida de próspera dignidad.

El pueblo es tan escarpado, y el desnivel entre la imponente iglesia y el terraplén de la plaza es tan alto que debajo de la iglesia se han montado algunos negocios. Curiosamente, esa hilera de almacenes que dan a la plaza, empotrados debajo de la iglesia —que ya de por sí tiene pretensiones de catedral—, le dan al edificio un aire de exagerada monumentalidad.

Aranzazu tiene poco más de 12.000 habitantes, y de ellos, 580 han sido diagnosticados con trastorno afectivo bipolar. El término médico suena extraño, sobre todo porque nada tiene que ver con el afecto. Tal vez ayude saber que hace 25 siglos, Hipócrates lo llamaba melancolía. O tal vez no, porque la palabra melancolía ha ido adquiriendo a través de los siglos un significado entre ingenuo y nimio, el del padecimiento romántico por excelencia, y sirve para poco más que para un título y un puñado de versos memorables. La enfermedad, en cambio, es terrible.

III.

Llamémosla Ana.

Hace tres meses, una mañana de mayo, Ana se ahorcó. Cerró con llave todas las puertas de su casa, aseguró las ventanas y se dirigió a la cocina. Tomó una vela, la prendió y la puso sobre la mesa, como si hubiera querido ella misma anticipar su velorio. Ató una soga a la viga del techo, hizo el nudo, se lo metió por la cabeza, apretó fuerte, se subió a una silla y saltó. Ana tenía 58 años y vivía con su esposo en una finca de la vereda Campoalegre, en Aranzazu, y el suyo es el tercer suicidio en ese municipio en lo que va corrido del año. Los tres suicidas habían sido diagnosticados con el trastorno afectivo bipolar, al igual que el 5% de los habitantes de Aranzazu.
Voy a intentar reproducir aquí, en términos legos, lo mejor que pueda, en qué consiste la enfermedad. Le debo a la amable paciencia del psiquiatra Eduardo Baena lo que he entendido y, así mismo, la seca tristeza que me ha quedado ante las devastadoras cifras de bipolaridad en la región.

Todos los seres humanos tenemos estados de ánimo que oscilan entre la alegría, la felicidad y la tristeza leve o profunda. Reaccionamos ante los acontecimientos traumáticos de la vida, como ante las buenas noticias. En toda vida hay tantos dolores como alegrías. Y a veces, tantas veces, mucho más sufrimiento que felicidad. Digamos que si uno traza una línea recta horizontal, oscilamos suavemente hacia arriba y hacia abajo, trazando una suave curva que sube y baja, atravesando esa línea horizontal. En los pacientes bipolares, esa curva es simplemente mucho más pronunciada. Dramáticamente más. Si tienen un episodio y la curva sube hacia el territorio llamado manía, pueden llegar a tener ideas delirantes —curiosamente, muchos se creen dioses, sanadores, salvadores del mundo—, comportamientos irascibles, una euforia desmedida (gritan, saltan, se ríen a carcajadas) y un amor propio magnificado hasta el absurdo. Gastan enormes sumas de dinero convencidos de que son genios financieros y asedian a las personas del sexo opuesto creyéndose irresistibles. Apenas si duermen, y despliegan una energía desmesurada. Se creen perfectos, brillantes, poderosos. Superiores a todos los demás. Y por supuesto, es imposible razonar con ellos. Algunos pacientes solo tienen este tipo de episodios, pero otros llegan a entristecerse hasta tal punto —y aquí la curva se desploma—, que caen en la más profunda depresión. Y en esa depresión, el 15% de los pacientes se suicida. El 15%. Lector, este promedio es más alto que el de la mayoría de las muertes por diagnóstico de cáncer. Pocas enfermedades tienen un índice tan alto de mortalidad.


El trastorno afectivo bipolar se puede tratar y el paciente, tener una vida más o menos normal. Ese paciente debe ser monitoreado todo el tiempo, porque la medicación para la fase maníaca es distinta a la que se administra en la fase depresiva. Y la medicación no garantiza que no pueda tener recaídas. Hasta hace cuatro años, en Aranzazu ni siquiera había un psicólogo de planta. Hoy, Leidy Johanna Ocampo, cuya ayuda para este artículo ha sido invaluable y cuya sobria compostura profesional contradice sus pocos años, vive allí. Si algo le gustaría es que hubiera un psiquiatra de planta en el municipio. O por lo menos uno que viniera una vez por semana. ¿No es lo mínimo que se puede pedir? Caldas no es un departamento pobre. Pero en los tiempos que corren el progreso se mide con otras varas y es más importante invertir en carreteras que en salud. Y es que cada vez que un paciente tiene un episodio maníaco, debe ser hospitalizado de inmediato. Ante la falta de un psiquiatra local, deben ir hasta Manizales. Sí, en su estado. Sí, muchas veces solos. Y sí, se pierden por el camino, no llegan, por supuesto. Es insensato. Pero solo un psiquiatra puede hospitalizar y medicar.

Si el paciente se medica, su vida puede ser como la de cualquiera. Alan García, el presidente de Perú, por ejemplo, es bipolar. Y de hecho, una amiga de Ana asegura que era una persona completamente normal. Recuerda, sí, una tarde, años atrás, en la que comenzó a gritar como loca, sin motivo. Y que la llevaron al hospital mental de Manizales. Pero aquello había pasado. Ana no estaba, aquella mañana de mayo de su suicidio, en tratamiento; ningún psiquiatra la veía; no tomaba ninguna medicación.

IV.

¿Por qué? Hay que preguntarse por qué. Si las estadísticas dicen que el porcentaje de la población mundial aquejada por el trastorno afectivo bipolar está entre el 0,4 y el 1,6 % de la población, ¿cómo es posible que las cifras de Aranzazu lleguen al 5%?

¿Qué tiene este plácido pueblo de particular? La respuesta es nada. Aranzazu no tiene nada que lo distinga de los otros pueblos de la zona y comparte con ellos su historia. Simplemente, la Universidad de Antioquia —entre los muchos estudios que ha hecho en la zona a lo largo de los años— llevó a cabo una investigación exhaustiva hace siete años en el municipio. Y a partir de ahí, han llegado a la prensa algunos pocos artículos sobre los bipolares en Aranzazu. Es por eso que esta revista me ha enviado al pueblo. Pero la realidad es aún más turbadora: toda la zona del norte de Caldas, del sur de Antioquia e incluso de Risaralda tiene un porcentaje similar de bipolaridad. De hecho, entre el 70 y el 80% de los pacientes del hospital mental de Pereira egresan con diagnóstico de trastorno afectivo bipolar. Y en Aguadas, cuya población es más alta que la de Aranzazu, el año pasado había casi 700 casos diagnosticados. Así mismo, podría dar aquí las altas cifras de intentos de suicidio en Pensilvania del 2008. Si se navega por la red con paciencia, los ejemplos van corroborando toda esta triste realidad: Santuario, Pácora, Salamina… Los hospitales y centros de salud de la zona lo saben. Las cifras del sur de Antioquia son también tan altas, que no es exagerado hablar de una endemia en la zona, cuya definición es sencillamente una enfermedad que afecta a un número de individuos superior al esperado en una población durante un tiempo determinado.

Ahora sí podemos intentar responder por qué. Para ello, es necesario primero contar lo que se sabe sobre las causas del trastorno. La bipolaridad es una enfermedad que resulta de varios factores: unos genéticos y otros ambientales. Es decir, es necesario heredar la alteración genética, pero es posible que a pesar de tenerla, la enfermedad no se desarrolle nunca. Hace falta —no sé muy bien cómo decirlo y me excuso por la torpeza— un golpe de la vida. Los factores ambientales que se suelen citar como detonantes frecuentes son la pérdida de uno de los padres, el abuso físico y sexual en la infancia y los sistemas educativos represores, muy severos. O el trauma del parto en las mujeres.

El factor genético se debe simplemente a que toda la zona fue poblada por la colonización antioqueña. Y los colonos, que buscaron las tierras altas, más frías, para evitar el paludismo, fueron fundando los pueblos de Caldas anclados en lo alto de esa dura y cerrada montaña. La geografía, allí, no es inocente. Se dice que la alteración genética (que no es fácil de rastrear y todavía hay mucho de especulación en ello) fue heredada de los vascos, y ellos, a su vez, de las migraciones judías en el viejo continente.

Cuando se habla de la colonización antioqueña, a veces se piensa que la migración hacia el sur en busca de oro y fuentes de sustento que se dio a lo largo del siglo XIX fue inmensa. Pero no. No eran más que un puñado de gentes en busca de una vida. Los pueblos eran diminutos y aunque no les guste demasiado admitirlo, se casaban entre sí. Es la endogamia la que ha producido las cifras. Ignacio Zarante, profesor asociado del Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, dice que no es gratuito que los primeros códigos penales europeos castigaran, ante todo, el incesto: puro instinto de supervivencia. Pero es que en Europa no existe ese apretado nudo de las cordilleras colombianas, que sumieron esos pueblos en un aislamiento casi total durante siglos. De hecho hoy, uno nota que entre pueblo y pueblo del norte de Caldas hay casi exactamente una hora en carro. Y esa hora de hoy, cuenta el doctor Zarante, equivale a un día a caballo del siglo antepasado. Estaban bien lejos entre sí.

Y es que toda la historia se confabula. Los indígenas de Antioquia fueron exterminados con más eficacia que los de otras regiones del país. Uno lo ve en el pueblo: blancos, de ojos claros, buenos mozos. Los fenotipos son muy recurrentes: si uno lo piensa, no es gratuito que la imagen de un Juan Valdez produzca tan alto grado de identificación colectiva. Es que las gentes se parecen mucho.

Algunos habitantes de Aranzazu han elaborado con paciencia su árbol genealógico, y se sabe que la mayoría de sus habitantes descienden de Marinilla. Se han hecho estudios para evaluar las relaciones genéticas entre los habitantes de uno y otro pueblo, analizando la frecuencia de los apellidos. El resultado es que los dos pueblos comparten, hoy por hoy, el 45,6% de ellos.

Es por eso. Por eso hay tanta gente allí que se hunde en el quieto abismo de la depresión.

V.

Paréntesis. ¿Será casualidad que la música montañera sea tan triste? ¿Que en sus estrofas hasta los guaduales se echen a llorar? ¿O qué el tango tenga en la cultura antioqueña tanto arraigo? ¿Dónde acaba el cuerpo y dónde empieza el alma de los hombres? ¿Dónde se encuentran? ¿Dónde se acaba el sufrimiento del cuerpo y dónde comienza el sufrimiento del espíritu?

La cultura católica es tan binaria, tan simple, que ha creado un poderoso modelo de oposiciones: el bien y el mal, el cielo y el infierno, el cuerpo y el alma. Pero la realidad no está hecha de efectistas antagonismos sino de ambiguas zonas grises.

Ana no lo supo nunca, pero es posible que el alma de los hombres esté alojada en alguna misteriosa combinación genética. Que toda expresión de la voluntad de elevación del espíritu del hombre puede ser leída desde la biología. Toda ansia humana de trascendencia, toda pregunta por la existencia, podrían estar encapsuladas en el denso ovillo de los cromosomas. Polvo eres y en polvo te convertirás.

VI.

Te dije, lector, que esta era una historia triste. No es la historia de un pueblo de locos, en absoluto. Aquí no hay caricatura posible. En Aranzazu la vida es apacible, y el pueblo, abrazado de verde, es muy hermoso. Sus habitantes son, de veras, amables y tranquilos. La sirena del pueblo suena a las diez de la noche y todos los menores de edad deben marcharse a casa. Pero tras las puertas cerradas de todos esos pueblos y ciudades de la zona, mucha gente sufre. Lo que pasa es que este tipo de enfermedades se absorben como tragedias silenciosas. Con un "aquí hay mucha gente como apagada" aceptan el problema. Pero eso que la psiquiatría llama, con correcta asepsia profesional, factores ambientales se traduce en infancias muy dolorosas, en las durísimas vidas de las gentes pobres, en una historia de poca escolaridad, de maltrato, de absurdas exigencias: sea fuerte, sea berraco, no llore, sea macho, haga plata, triunfe o usted no sirve para nada. Y si es mujer, aguante, mija, que para eso vino al mundo. Esa es la cultura paisa.

La historia de vida de Olga, la segunda mujer que se suicidó este año, es desoladora. Huérfana, explotada de niña por parientes lejanos, probó el bazuco antes de los diez años. Por fin, después de muchos penosos ires y venires, de un matrimonio y hasta de un hijo, logró encontrar algo de felicidad con una joven mujer. Pero su hermano, al enterarse, horrorizado, amenazó a su pareja, y esta la abandonó. Olga tenía 38 años cuando se quitó la vida. Había sido diagnosticada, pero tampoco tomaba medicación.

Los prejuicios, la intolerancia, la reaccionaria cerrazón son como espejos metafóricos del infranqueable relieve. ¿Dónde acaba pues la geografía del paisaje y dónde comienza la geografía del corazón? ¿Dónde el adentro y dónde el afuera de las cordilleras? ¿Y cuántos de nosotros portamos en los dedos los anillos de Saturno, ese dios implacable de la tristeza exagerada?

Pero, de nuevo, hay que llamar a las puertas del desarrollo. Apertura, educación, más inversión en salud mental. No puede terminar de otra forma este artículo más que tocando a las puertas de la Secretaría de Salud de esos departamentos. Si los pacientes están monitoreados, medicados, lograrán el milagro feliz del equilibrio. Y eso es más progreso que cualquier autopista, aunque nadie pueda inaugurarla ni hacer discursos autocongratulatorios. Nadie puede cortar la cinta exacta la felicidad. Pero para muchos, para un altísimo 5% de una vasta población, sí se puede procurar un poco de sombra fresca para el salvaje sol de la melancolía.

jueves, 16 de junio de 2011

Viejos amores


Sí, lo siento. Asqueroso ánimo romanticón del día de hoy!
Lo siguiente
lo encontré en mis viejos archivos. Data del mes de junio del 2008. Me pareció
interesante compartirlo no sólo por lo que en sí dice sino porque,
literariamente, encontré aquí una pieza hermosa.
A ver...

El lápiz en mi mano y mi mirada fija en el cielo; es difícil hablar sobre lo que siente el corazón, y al mirar hacia arriba, por más lejos que parezca, me siento afortunada porque allí está mi destino, destino que, admito, me encantaría compartir contigo. Y entiendo que el tiempo ha pasado y, a mi parecer, fue una buena decisión el haberme dejado... allí, sencillamente. Ahora, ya me ves, suspirando cuando te pienso y asegurando nunca haber querido a nadie de esta manera. Y podrás pensar que, así como en mucho me equivoco, al decir esto puedo igualmente estar errando. Pero juraste confiar en mi corazón y, no te lo recrimino ni, mucho menos, te exigo que por ello me creas. Simplemente, hazlo porque no tengo la intención de traicionarte, y no seré nunca capaz de hacerlo.



A veces duele un poco. Me lastima el pensar que, así lo mereciera yo, en un momento inesperado y sin advertencia, trataste de reemplazarme, y en algunas ocasiones mi corazón se consume al pensar que otra persona haya logrado ocupar el lugar tan caro que tenía yo dentro de ti. Sé que eso no pudo ser posible, aunque si por alguna razón no deseas ya estar conmigo y me es imposible ascender de nuevo en tu estima, te suplico me lo digas ahora, antes de que la fuerza de estos sentimientos crezca más (porque, a cada minuto que pasa, una interna lluvia de amor riega los campos en que tu semilla quedó sembrada, y observo, plácidamente, cómo creces en mí), si puedo seguir alimentando ese propósito, si puedo seguir sembrando lo que me diste y luego compartir contigo los frutos de mi cosecha.



Ahora, mientras mi alma palpita con inmensa alegría, amenazando con salir incluso de mi pecho al pensar con tal insistencia en ti, sólo me queda usar mis letras para mostrarte un poco más mi amor y gratitud, pues, aunque mis palabras no son susceptibles al jugueteo del viento, me encanta la idea de que quede esta bella constancia de la realidad de mis sentimientos.


No deseo extenderme más, pues creo que mi mirada logra hablarte en el grado en que mi arte no logra alcanzar. Pase lo que pase, ruego a Dios y te pido a ti, mi caballero, no me olvides nunca, y tengas siempre en cuenta que sin importar el tiempo, la realidad, el sentimiento o la situación, siempre estaré allí para ti, dispuesta a ayudarte, a escucharte, y a quererte invariable, impersonal e infinitamente, incluso, a sacrificarlo todo cuando tú lo necesites...


jueves, 16 de diciembre de 2010

Reflexión en cincuenta pasos

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Cincuenta veces antes de hacerlo. Si, simplemente deja que pase la oportunidad!!! Descubre que lo quieres y sé consciente de que deseas darle un último respiro. Ahora respira profundo, recuerda las palabras; toma aquella hojita con ambas manos y destrózala, y por último envíale otro de tus besos mortales por correo y así se enterará de la situación. No pecas por sutileza, tampoco por agresividad. Lo haces porque ya no tienes remedio. El tiempo corre, amor, te quedan cuarenta. ¿Qué harás con ellos? Tomaré diez al ver tu desconcierto y el miedo que te consume se quedó con cinco, los cuales multiplicó por dos porque tu fantasma creció considerablemente. ¿Y veinte a qué van? La mitad de ellos a recorrer esa vida que tan mal aprovechaste, por todo lo que no hiciste y que ves, ahora, que ten claramente pudiste haber logrado. Diez finales y eres una basura, y cinco, cuatro, tres por los capítulos de tu tiempo; dos por las veces que trataste de hacerlo… uno, por el amor que siempre quisiste tener, y despacio, desciendes lentamente, tu cabeza choca con la pared y cero… porque no te llevaste nada, pero yo sí te llevé a ti.